miércoles, 12 de diciembre de 2012

LA GENERACIÓN PERDIDA


(Artículo publicado en Viva Jerez el 13/12/12)
Los conozco bien. Dos jóvenes que, cuando se les requirió, estuvieron a la altura y lo dieron todo: tiempo, esfuerzo y dedicación. Recién licenciados que se adaptaron rápidamente al mercado laboral supliendo las carencias de un sistema universitario que les hostiga de teoría pero que no les prepara para el día a día. Ambos trabajaron a destajo y con unos sueldos demasiado ajustados… pero no les importó. Estaban empezando y ya vendrían tiempos mejores. Se casaron cuando la burbuja aún engordaba. Fui a su boda. Me alegré mucho por ellos. Después llegaron el piso, el coche, un hijo y muchas ilusiones para el futuro… No sé decir cuándo ocurrió. Probablemente porque no hay un día marcado en rojo en el calendario en el que todo comenzó a desmoronarse. Primero cayó una carta, después otra, y poco a poco el castillo de naipes fue desmoronándose sin que nadie pudiera remediarlo. EREs y regulaciones de empleo; despidos y cierre de empresas… 

Y les tocó a ellos. Primero ella, después él. Cola del paro, prestación por desempleo, cientos de currículums que en su mayoría acababan en la papelera, qué te parece si nos quitamos de ONO, y del gimnasio, y de las cenas cada dos semanas con los amigos, y porqué no vamos mañana y pasado y el que viene a comer a casa de tus padres… Y a dejar para más tarde el arreglo del faro izquierdo del coche que lleva roto hace semanas, y el empaste de la muela que tanta lata me está dando, y ese viaje a Cáceres a ver a tu hermano… Y a hacer cuentas. Y números. A ver de dónde ahorramos para pagar la hipoteca, que es lo primero, y los pañales del niño, y el IBI y el seguro del coche… A veces pienso qué hemos hecho mal para que el futuro de los jóvenes sea tan incierto. Alguien dijo que tenemos la generación más preparada de la historia… pero la que goza de menos oportunidades para poner en práctica lo que han aprendido. Alguna vez los he visto por la calle, paseando al crío, con la resignación escrita en sus rostros. Y en parte me siento culpable, como todos los que hemos propiciado este desastre. 

No me entra en la cabeza que dos licenciados universitarios, sobradamente preparados y con experiencia, estén pensando en hacer las maletas, en dejar atrás sus familias y la ciudad que los vio nacer y buscarse la vida en el extranjero. Se les acaba el paro y hasta aquí hemos llegado. Y no pueden acudir a sus padres porque demasiado han estirado ya la escasa paga de jubilados que les quedó tras más de cuarenta años trabajando. No creo que los culpables de todo lo que está pasando sean unos y no otros. Creo que somos todos, en mayor o menor parte. Por acción o por omisión. Es una generación perdida, pero detrás viene otra empujando. E irremediablemente pienso en mi hija, que en tres años acabará la carrera. No quiero que tenga que dejar este país para buscarse la vida. Pienso en su futuro y en el porvenir que ella espera… y que a mí me desespera.  

miércoles, 28 de noviembre de 2012

JUEGOS DE CALLE

(Artículo publicado en Viva Jerez el 29/11/2012)
Echo de menos jugar en la calle. Dar patadas a un balón entre los adoquines, con las rodilleras cosidas en los rotos de los pantalones, e intentando marcar algún gol entre dos jerseys en el suelo que hacían de portería y que teníamos que recoger cuando pasaba algún coche que, por cierto, no era muy a menudo. Aún recuerdo a las chicas con coletas jugando al elástico o a la cuerda mientras cantaban “Al pasar la barca, me dijo el barquero…” o “El cocherito leré...”. Aquellas tardes en el barrio de San Mateo, en calle Justicia, en la plaza de los Ángeles, jugando al “esconder” entre las callejuelas de Rincón Malillo mientras comíamos bocadillos de chocolate “La campana” o de mantequilla con azúcar… La calle y las plazoletas era nuestro mundo. Probablemente porque las casas de vecinos eran muy pequeñas como para permanecer todo el santo día dando la lata a los padres, o quizá porque la tele (ya saben, Televisión Española y el UHF) tenía una programación limitada a unas horas por la tarde noche. O porque no existía la Play, los vídeos, el ordenador o los móviles. 

Lo cierto es que estábamos deseando salir a jugar a los sheriff, al beisbol con palos de madera y pelotas de tenis o a los bolindres con esos bolonchos que nos traían de la base. Y cuando llovía, escondernos en la casapuerta a esperar a que escampara mientras jugábamos a las chapas. En la calle había risas, voces, gritos, balonazos, carreras furtivas en las bicis BH plegables. Quedábamos de un día para otro a jugar y no nos hacían falta los móviles ni el whatsapp para encontrarnos en cualquier esquina. Recogíamos cartones de la puerta de la droguería para venderlos al peso y comprar en los puestos de chucherías los regalís a diez céntimos, chicles Cheiw a cincuenta y sobres sorpresa a peseta. Nos subíamos a una tapia frente al Terraza Tempul para ver “de gorra” las películas de Nadiuska y Susana Estrada mientras comíamos pipas o altramuces. Hacíamos improvisadas cabañas con cartones y alguna tabla de madera en algún descampado o en el corral de la casa de vecinos o nos reíamos de los despistados negros de la base que preguntaban en medio español medio inglés por dónde quedaba la calle Rompechapines. 

Reconozco que eran otros tiempos. Sonrío cuando lo recuerdo y ello me lleva a añorar una niñez sin problemas. Pero reconocerán conmigo que las cosas han cambiado, en este sentido, para peor. Ningún padre (esos mismos que de niños sí lo hicieron) estaría hoy día tranquilo dejando toda la tarde a un crío de siete u ocho años jugando en la calle. Más coches, más inseguridad, menos niños con los que jugar… Es probable que, en nuestra generación, no tuviéramos tantos juguetes, ni tanta televisión, ni tanta electrónica, pero me pregunto si entonces éramos más felices… Yo lo tengo claro. ¿Y ustedes?.   

miércoles, 21 de noviembre de 2012

BICICLISTAS


(Artículo publicado en Viva Jerez el 22/11/2012) 
Ocurrió hace algunas semanas. Voy de vuelta del trabajo por calle Porvera cuando observo la siguiente escena. Una joven pasea a su bebé en el carro cuando, de repente un ciclista, sorteando peatones por la acera, se desequilibra e impacta levemente contra el cochecito. Imagínense, con razón, las airadas voces de esa madre que creía estar segura con su hijo en la acera. Afortunadamente todo acabó en un susto. Antes de que nos diéramos cuenta el ciclista se había vuelto a montar desapareciendo a gran velocidad mientras la multitud le increpaba. Alguien que me reconoce me dice: “Esteban, escribe algo sobre esto. Ya está bien la impunidad con la que los ciclistas circulan a toda velocidad por la acera. Estoy harto de pegar saltos y asustarme cuando me "tocan" el timbre para que me aparte, aún caminando por mi derecha y en la acera”. 

Desde ese día he prestado más atención y he observado cómo han proliferado las bicis por las aceras de calles peatonales como Larga o Algarve, o en plazas como Plateros o Arenal. Vamos por partes. Al ser considerado un vehículo, y según la normativa, la bicicleta debe circular por los mismos sitios y en las mismas condiciones que otros medios de transporte mecanizados; esto es, por la calzada o carril bici si lo hubiere. Las aceras son el lugar natural del peatón y no el del ciclista que las invade. Bien es cierto que muchos ciclistas suelen “huir” de la calzada hacia la acera por el peligro que supone circular junto a los coches. Un vacío legal “permite” su presencia en las aceras siempre que transiten a paso de peatón, respeten una distancia mínima y bajo la premisa del “sentido común”. Y aquí empieza el problema. Por un lado, la mayoría de ciclistas campan a sus anchas por las aceras y no precisamente a paso de peatón. Por otro, éstos no tienen interiorizada (y no tienen por qué tenerlo), la presencia de ciclistas en las aceras. No prevén que un ciclista les vaya a aparecer inesperadamente al girar una esquina (un camarero que sale para servir una terraza, una madre que pasea a su hijo o una persona que sale de una tienda o del portal de su casa). 

Opino que no debe perjudicarse a la mayoría que disfruta de la tranquilidad de un paseo con sus hijos o sus mayores que, en ocasiones, se sienten intimidados por ciclistas que los adelantan por ambos lados, a velocidad inadecuada, sin respetar la distancia reglamentaria, y a bordo en algunos casos, de recias bicicletas de montaña. No me cierro en banda en este asunto (porque también soy ciclista), pero la falta de acuerdo entre ambas posiciones y el libertinaje del que hacen gala cada vez mas ciclistas por las aceras, hacen necesaria una ordenanza que regule, de una vez por todas y de manera clara y concisa, la circulación de bicicletas, tal como sucede en otras ciudades de nuestro país. 

jueves, 15 de noviembre de 2012

CARPE DIEM


(Artículo publicado en Viva Jerez el 15/11/2012)
Cada uno de nosotros se arrepiente, con el tiempo, de determinadas decisiones. Caminos y sendas que elegimos tomar y que únicamente la perspectiva de los años nos dará o quitará la razón. Equivocaciones y aciertos que nos van curtiendo en eso que llaman “experiencia” y de la que pueden hacer gala muchos mayores como mi padre, al que acudo en varias ocasiones buscando su docto consejo. Hace algunos años me hizo una pregunta que aún hoy me sigue inquietando. ¿Qué edad tienes ahora?. ¿45 años?. ¿Qué harías si tuvieses veinte años menos?. Lo miré fijamente y mi respuesta fue esbozar una gran sonrisa, suspirar hondamente y acordarme de esas decisiones que nunca debí adoptar, de las cosas que debí hacer y no hice, de los erróneos caminos que seguí... 

Aún seguía deambulando en ese territorio onírico de lo que “puso haber sido y no fue” cuando mi padre me devolvió a la realidad formulándome otra pregunta con respuesta incluida: ¿Sabes lo que haría yo si tuviera 45?. También él suspiró y esbozó una leve sonrisa para decirme después ¡Con cuarenta y cinco años, yo haría mil cosas, me arriesgaría en mil asuntos y viviría la vida intensamente!. Me dejó pensativo, y antes de que pudiera decir nada, sentenció: ¡Carpe Diem!. ¡No esperes a tener sesenta años para arrepentirte por lo que pudiste hacer y no hiciste con cuarenta y cinco. Ahora los tienes, disfruta de la vida, toma decisiones arriesgadas, exprime el día a día intensamente. El segundo, el minuto que desaproveches... no vuelve. El pasado queda, el futuro está ahí, pero el presente es tan efímero que antes de terminar esta frase ya se ha convertido en pasado. 

Pasan los días, y las semanas y los meses y años... Y antes de que te des cuenta, te haces mayor y es entonces cuando miras hacia atrás con nostalgia y con la rabia de no tener, al menos, veinte años menos para aprovechar el instante al máximo, para afrontar esa indecisión de la que hiciste gala años atrás. Me quedé pensativo, escrutando lo acertado de sus palabras en su arrugado rostro. Esas palabras de mi padre me hicieron tal mella que no hay día que no las recuerde. En ocasiones, ese espíritu rebelde choca de frente con la realidad más cruda. Esa que nos impide tomar la decisión que queremos en el momento en que queremos. Pero, lo importante es tener claro que la vida es una y que nos pertenece. Sólo así algún día tendremos la valentía de romper esas cadenas que nos atan a la cotidianidad más insulsa.“Carpe Diem”, como diría mi padre.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

MILEURISTAS


(Artículo publicado en Viva Jerez el 8/11/2012)
Acuñado hace 7 años, el término mileurista era “en aquel tiempo” sinónimo de joven trabajador en precario, que “únicamente” cobraba en torno a los mil euros. Todos recordamos este término como peyorativo. Jóvenes, aunque sobradamente preparados, que optaban a este tipo de sueldos por carecer de experiencia pero con la mirada y el horizonte puesto en lo que habían conseguido sus mayores, que tenían unifamiliar con jardín y chimenea, piso en la playa, dos coches y amigos en el banco que les concedían créditos. Si, eran otros tiempos, otras circunstancias económicas en las que este país se miraba de frente en el espejo de las grandes potencias mundiales, aunque después el tiempo nos demostró que se trataba de uno de esos espejos de feria que deforman la realidad en un ejercicio de autoengaño.  

Hoy uno de cada dos jóvenes está en paro y ganar mil euros al mes se ha convertido en una aspiración para muchos que atesoran títulos universitarios, masters, cursos, idiomas y conocimientos informáticos pero que carecen de la oportunidad para demostrar su valía. Se trata de una generación perdida en la vorágine macroeconómica que ha dinamitado los pilares de este pretendido primer mundo. La generación mejor preparada de la historia pero que no ve perspectivas a medio plazo y que se atrinchera en casa de unos padres que hacen malabarismos para llegar a fin de mes. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Quiénes son los culpables de todo esto? Probablemente todos y cada uno de nosotros. Por creernos el cuento de que éramos nuevos ricos. Por endeudarnos hasta los dientes aceptando del banco créditos exorbitados y ya los pagaré con mi nómina fija. Por vivir en el hoy y en el ahora sin pensar en el mañana. Por suprimir los términos ahorro y prudencia de nuestro vocabulario. Por no darnos cuenta de que éramos y vivíamos entre gigantes con pies de barro… 

Y hoy, nuestros hijos, asistidos por la fuerza de la razón, nos piden explicaciones aludiendo a la herencia envenenada que les hemos legado y que hemos anclado con fuerza a su futuro. Explicaciones que no podemos darles porque no nos salen las palabras ni las cuentas, porque estamos pendientes de que un ere acabe con los pocos sueños que nos quedaban y a ver quién nos contrata ahora, con la edad que tenemos y con las necesidades económicas que nos hemos generado. Y entonces qué va a ser de nosotros… y de ellos. Les hemos criado entre algodones, dándoles lujos que nosotros nunca tuvimos, prometiéndoles un mañana sin problemas. Y ahora, esta sociedad de la que todos formamos parte, les enseña el escaparate del éxito pero, a su vez, les amarra las manos y los pies para que no puedan ni siquiera acercarse a tocarlo. Y te los ves mandando curriculums de varios folios, dispuestos a casi todo… por casi nada. Soñando con ser mileuristas. Sin un horizonte claro, pero al menos, mileuristas… 

sábado, 27 de octubre de 2012

LA LLUVIA ME DESBORDA


Miércoles por la mañana. Suena el despertador y, con los ojos aún medio cerrados, oigo de fondo el fuerte aguacero que esta cayendo. Me calzo las zapatillas y me acerco a la ventana. Observo un paisaje gris, un cielo encapotado, fuerte viento y un río de agua que discurre caudalosamente por la calle. Pero, en fin, el deber me llama y debo ir a trabajar. Blacky menea su rabo impaciente. Tendrás que esperar a mediodía. Cualquiera te saca ahora a hacer pis. Me enfundo el chubasquero, me hago con el paraguas y salgo a por el coche. 

Y la primera en la frente. Una inesperada racha de viento me vuelve el paraguas del revés. Para colmo, cuando intento darle la vuelta, meto el pie en un charco tan profundo que parecía el de los Hurones. Maldigo en arameo a los dioses de la lluvia mientras el paraguas sale finalmente volando y yo me quedo con el mango en la mano. No me queda más remedio que correr rápido hacia el coche mientras la lluvia se hace más intensa. Al fin llego y… ¿Dónde están las llaves?. Miro en un bolsillo, luego en otro. Está diluviando. Al fin las encuentro en un bolsillo interior del chubasquero y cuando, fruto del nerviosismo, las logro alcanzar se me caen al suelo, en un charco de barro. Con las llaves sucias y mojadas, empapado hasta las orejas, abro finalmente el coche y arranco. A los pocos minutos, deja de llover. Atascos y más atascos. Colas en los semáforos. Y es que, cuando llueve, todo el mundo pilla el coche para ir a trabajar, a llevar a los niños al cole… En fin, paciencia. 

Es la hora de aparcar. Me encomiendo a varios santos mientras doy vueltas y más vueltas al entorno de la Plazuela. Tras más media hora logro aparcar, justo cuando comienza otra vez a llover con fuerza. No tengo paraguas. Salgo corriendo del coche tapándome la cabeza con la publicidad de una gran superficie y me resguardo bajo un balcón. No tiene visos de que escampe, así que corro por el filo de la calle buscando salientes y casapuertas. En ese momento, pasa un coche por la calle. Les prometo que vi, como si de una película en cámara lenta se tratara, cómo se acercaba el coche, el charco frente a mí e incluso visualicé las consecuencias pero, no pude reaccionar a tiempo y ¡Ahí va eso!. Allí estaba yo. Sin paraguas, empapado, con cara de tonto y asesinando con la mirada al incauto conductor. Al fin llego al trabajo. ¿Han permanecido alguna vez 7 horas con los zapatos y calcetines, pantalón y jersey totalmente empapados?. Yo, sí. Veo la previsión del tiempo. Llueve hasta el martes con una probabilidad del 100%. ¡Atchiss!. Ya me he resfriado. Y Blacky en casa sin mear…

miércoles, 3 de octubre de 2012

LA CONSTANCIA


(Artículo publicado en Viva Jerez el 4/10/2012)
Recuerdo que fue hace años. Alguien me había hablado de las excelencias de ese lugar y allí que me dirigí a comprobarlas. Me acompañaba mi amigo Juan Andrés. Carretera del Calvario, kilómetro 3,5… aquí es, gira ahora a la derecha. La bodega estaba situada en una pequeña loma, a escasos 80 metros de la entrada. A medida que subíamos pudimos observar las miles de cepas que rodeaban la finca. Era finales de junio y las verdes vides nos regalaban la visión de un fruto que, a esa hora del mediodía, brillaba dorado contrastando con la pálida albariza. Allí nos recibió Pepe Martín. Bienvenidos, estáis en vuestra casa. Un amontillado viejísimo, sacado directamente de la bota y servido en catavinos jerezanos, nos acompañó en un breve pero aprovechado paseo por la bodega y por las viñas, desde las que se veía una ciudad que a esa hora lucía intensa. La tarde llegó casi sin darnos cuenta, entre una agradable charla a la sombra de un cañizo, la chacina y el queso viejo que habíamos traído previendo el momento y, sobre todo, con el intenso sabor de un amontillado que nunca faltaba en la mesa. Desde ese momento, mi amistad con Pepe Martín me llevó a visitarlo en más de una ocasión, compartiendo saludos y abrazos con el fino, arreglando el mundo con el amontillado, contándonos confidencias con el oloroso y riéndonos de los problemas con el Pedro Ximénez. 

Después de algunos años sin verlo, a finales de este pasado año me llamó para invitarme a la inauguración de su Mesón Restaurante. Era su sueño hecho realidad. Combinar sus más cuidados vinos con la gastronomía más jerezana. Entre viñas y bodega. Esteban, me dijo, el negocio del vino ya no es lo que era. Fíjate en los alrededores. Nos hemos quedado solos. Se han arrancado miles de viñas, han subvencionado la ruina del sector. Los márgenes se han estrechado y la meteorología nos ha dado la espalda en estos últimos años, afirmó mi amigo con un tono de tristeza en sus palabras. Por eso, he decidido abrir este negocio, para que el público conozca una viña jerezana de las que ya pocas van quedando, una bodega de vinos añejos y un vinagre excepcional, y un Mesón donde degustar la rica gastronomía de la tierra. 

Cuando pasé al interior del Mesón me sorprendió su amplitud y, sobre todo, la elegante decoración en la que se notaba la mano, el especial mimo que Pepe siempre puso a todo lo que hizo. La noche transcurrió entre amigos, copas y el inconfundible toque gastronómico de un cocinero al que la fama le precedía. Me refiero a Julio Carabot, un ubriqueño que ama su trabajo y que entre fogones crea especialidades únicas, platos exquisitos en los que combina tradición con innovación. Tras un par de meses en los que se ha renovado para mejor, mañana viernes, 5 de octubre, reabre sus puertas el Mesón Bodegón Viña La Constancia. Allí estaré, para apoyar a mis amigos Pepe y Julio, y para dar un paseo por la bodega y por las viñas. Un respiro de jerezanía a un minuto de Ikea. Allí les espero uno de estos días.

jueves, 27 de septiembre de 2012

A mi amigo Alfonso


(Artículo publicado en Viva Jerez el 27/9/2012)
Lo llamaré así, Alfonso. Supongo que para no airear su situación ni la de su familia. Tiene 57 años y no recuerda nada. De vez en cuando voy a verlo a su casa en un intento vano de hacerle recordar parte de su pasado. Pero es inútil. Para él, soy alguien al que ve cada día por primera vez. En ocasiones, cuando entro en su habitación, me lo encuentro mirando por la ventana, con la mirada perdida, ausente. Me gustaría saber en qué piensa, qué siente un enfermo al que un montón de neuronas le arrebataron de raíz sus recuerdos. El pasado lunes le hice una visita. Me senté a su lado, le agarré de la mano y volví una vez más a presentarme. Soy Esteban, tu amigo. Igual no me recuerdas pero soy tu amigo. Alfonso, vengo a pasar un rato contigo. ¿Cómo te encuentras?. Me miró fijamente intentando escrutar en mí algún recuerdo del pasado. Reconozco tu voz, me dijo, pero... Le apreté la mano mientras él bajaba despacio el rostro. Ya casi no habla. He seguido su enfermedad desde que se la diagnosticaron y su degradación ha sido evidente y demasiado rápida. 

Recuerdo cuando me lo dijo.  Es degenerativo, afirmó. Lo he leído en Internet. Pero eres muy joven y tienes toda la vida por delante, Alfonso. No puede ser. Los médicos deben haberse confundido… Y ahora, años más tarde, aquí me encuentro. Frente a frente con un amigo que necesita, ahora más que nunca, una mano a la que agarrarse. Marisa, es toda su vida; su única vida. Es una mujer menuda pero valiente. Ajada pese a su juventud pero fuerte de carácter, vive por y para él. Supongo que eso es amor, en mayúsculas, sin aspavientos ni golpes de pecho. El Alzheimer es una enfermedad progresiva y degenerativa del cerebro para la que no existe recuperación. Y, en contra de lo que se piensa, no sólo afecta a ancianos, sino que cada vez se dan más casos en personas de 40 y 50 años. Es la más común de las demencias. Lentamente, la enfermedad ataca las células nerviosas en la corteza del cerebro deteriorando así las capacidades de la persona de controlar las emociones, reconocer errores y patrones, coordinar el movimiento y recordar. Al final, la persona pierde toda la memoria y funcionamiento mental. 

Es ahora la cuarta causa principal de muerte en los adultos y, a menos que se desarrollen métodos eficaces para la prevención y el tratamiento, la enfermedad de Alzheimer alcanzará proporciones epidémicas para mediados del siglo. Alfonso, sé que no podrás leer este artículo, y aunque alguien lo haga por ti, tampoco entenderás bien su significado. Pero quiero que sepas que tienes un pasado, como todo el mundo, y que ha sido maravilloso. Y que tienes amigos que te quieren y que recuerdan por ti los momentos más felices de tu vida. Un fuerte abrazo, amigo.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

EL "SIMPA"


(Artículo publicado en Viva Jerez el 20/9/2012)
Fue hace años, en Conil. Un verano, junto a cuatro amigos más, decidimos  pasar un fin de semana acampados en la playa de la Fontanilla… cuando se podía y no había beneméritos merodeando. El autobús, la comida, el hielo y las bebidas habían acabado con buena parte de la paga mensual. Era sábado noche, el ambiente era genial y hacía ya años que las madrileñas habían descubierto este rinconcito del sur. Y nosotros, que ya lo intuíamos, nos pusimos las mejores galas. ¡A ligar tocan!... Las primeras incursiones no dieron fruto. Qué tal, de dónde eres, estudias o trabajas (¡Ya sé lo que van a decir, pero es que era lo que se estilaba…!). De repente, Juanlu, el más ligón, nos hizo una seña. Había cinco madrileñas que estaban deseando conocernos. Allá que fuimos, qué tal, cuánto tiempo os quedáis, qué os parece Conil… Nos sentamos en el “reservado”. Entre una animada charla, risas, cubatas y bailes lentos nos dieron las 6 de la madrugada. Una de las chicas alertó de la hora y se levantaron con la escusa de que al día siguiente iban a Tarifa. Con dos palmos de narices nos quedamos. Tanta rollo para nada. Ni siquiera un piquito ni un achuchón. 

En eso que Jesús pregunta ¿Han pagado? ¿Tenéis dinero para todo esto?, dijo señalando la mesa llena de vasos vacíos. Diez personas, cuatro horas bebiendo sin parar. ¡Jó, qué pasta!. Buscamos en los bolsillos, pero entre todos sumábamos poco, y aún estaba el viaje de vuelta. ¡Igual nos han invitado ellas!, dijo Luis. ¡Serás ingenuo! le respondí. Y allí estábamos, tratando de hallar una estrategia de escape (lo que ahora se llama “hacer un simpa”). Paco dio con la solución. Los servicios estaban cerca de la salida. Así que solo debíamos levantarnos uno a uno, ir al wáter, y al salir escapar raudos. El primero lo hizo bien. A los tres restantes la maniobra nos salió perfecta. Pero Julio no salía. Habíamos quedado en la esquina. Esperamos quince minutos, pero nada. Un amigo de Jerez, nos dijo que estaba retenido en la puerta por dos securatas. ¡Lo habían pillado!”. Sin dinero ni tarjeta ¿Qué podíamos hacer nosotros?. Pues… actuar como cobardes, como hicimos. 

Veinte minutos más tarde apareció Julio, serio y muy enfadado con nosotros. Les había dejado en prenda su reloj y una cadena de plata por un importe que no recuerdo, pero que era tremendo. ¿Tanto bebimos?. Nunca recuperó sus pertenencias. Se aguó el finde y durante semanas tuvimos que devolverle el dinero que invirtió. Hace un año me lo encontré. ¡Julio! ¿Qué tal?. Fue entonces cuando me confesó que cabreado por nuestra actitud por no volver a la discoteca a salvarle el culo, nos hizo pagar una deuda… ¡Por nada!. Al parecer, los de seguridad le dejaron marchar cuando les juró que volvería en 5 minutos con el dinero, no sin antes dejarles en prenda una barata pulsera de los moros que aseguró haber pertenecido a su difunta madre. Además, resulta que las chicas sí habían pagado su parte. Sonreí. Le día un abrazo y nos fuimos a tomar dos cervezas. Las vueltas que da la vida. 

"Juan Manuel Durán González y el Plus Ultra"

Promocional del programa "Intramuros" de este jueves, 20 de septiembre dedicado a la figura del aviador jerezano el Teniente de Navío, Juan Manuel Durán González, protagonista de la hazaña del Plus Ultra. En Onda Jerez Televisión, a las 23.00 horas este jueves, 20 de septiembre,

miércoles, 12 de septiembre de 2012

UNA CRISIS DE FÁBULA


(Artículo publicado en Viva Jerez el 13/9/2012). 
No hay día que no oiga hablar en cualquier foro de la crisis que azota al país. Hay quienes predicen que aún no hemos tocado fondo; agoreros que desempolvan los viejos escritos mayas para asegurar el hundimiento del sistema, y mientras, economistas y banqueros analizan las causas atribuyéndolas, en parte, al resfriado de los Estados Unidos que ha acabado creándonos una pulmonía de efectos imprevisibles. También hay, como en todo, una falta de información sobre lo que está pasando. Quizá porque conceptos como prima de riesgo, banco malo, recapitalizaciones, equilibrios macroeconómicos… se escapan al entendimiento de la mayoría de los mortales y eso nos pone aún más nerviosos. Es por ello que se ha creado un clima de desconfianza que ha retraído el gasto. Esto se une a la constatación de que hasta hace pocos años vivíamos en una burbuja de irrealidad que nos estimulaba a tirar del crédito debido a los bajos intereses bancarios. 

Nuestros mayores, garantes de una sabiduría que atesoran por ser más viejos que diablos, nos advirtieron hace años que las fábulas no solo son para leerlas sino para aprender de ellas. Como la de la cigarra y la hormiga. Seguro que conoce a algún vecino, familiar o amigo (quizá sea usted mismo) que, subido a la cresta de la ola de una figurada prosperidad, vivía por encima de sus posibilidades sin ahorrar ni un céntimo, cual cigarra al sol. Coche nuevo, tele de plasma, crucero por Grecia, unifamiliar con sótano y pisito en la playa, restaurantes y ventas los fines de semana… hipotecarse hasta los dientes que después vendrán las facturas, y como tengo nómina fija aquí no hay problema que ya pediré otro préstamo. Y qué decir de los estamentos públicos que creyeron la fábula de que España era un país de nuevos ricos y gastaron y malgastaron en macroproyectos megalómanos y que el que venga detrás que arree que para eso somos cigarras con coche oficial, dietas y amiguetes enchufados como asesores. Ganar 1.000 y gastar 1.300 fue, hasta hace unos años, una práctica común que ahora se ha desmoronado ante la creciente inseguridad laboral, los recortes salariales, el miedo a un futuro incierto y la subida generalizada de casi todo. 

Y de esos barros estos lodos, porque las cuentas ya no salen. Y ahora a vender el piso de la playa a precio de saldo (si alguien lo compra), ir andando al trabajo que así ahorro en gasolina, a comer en casa de los padres, darse de baja del gimnasio y de las clases de guitarra, a comprar marcas blancas y abusar del WhatsApp para ahorrar en la factura del móvil... Cigarras que ahora miran a las hormigas con malsana envidia porque éstas apostaron por otra forma de administrar su dinero. Lo dicho, crisis haberla hayla, como las meigas y no me cabe duda de que saldremos de ella. Pero al menos todo esto ha servido para que nos demos de bruces con la realidad de un país hipotecado, que sobrevive con su alma en la almoneda y que necesita para no hundirse del salvavidas de una hormiga teutona que nos castigará de cara a la pared si no hacemos bien la tarea que nos ha encomendado. 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

MIOPIA EMPRESARIAL


(Artículo publicado en Viva Jerez el 6/9/2012)
Está en pleno centro de Jerez. Es un bar pequeño, de cuyo nombre no quiero acordarme. Recién había terminado de hacer una gestión en la plaza del Banco cuando me encontré, en la calle Larga a mi amigo Manolo “El Venencia”. Abrazos, qué tal cómo estás, cómo te ha ido el verano, cómo va la familia… en fin, que decidimos tomar una copa para celebrar que hacía más de dos meses que no nos veíamos y precisábamos actualizar nuestras vidas. Recorrimos un par de calle y entramos en el mencionado bar. En la barra pedí un Tío Pepe y Manolo un refresco. Estoy tomando antibióticos, y ya sabes… me dijo justificándose. En eso que el camarero nos anuncia que había hecho chicharrones y que estaban aún calentitos. Venga, le dije. Una tapita cortita… ¡Y cortita,!. Cuatro chicharrones que tenían más de tocino que de otra cosa. En fin, tras quince minutos de animada charla pedí la cuenta. Ésto es mío, le dije a Manolo. ¿Cuánto es?  Seis con veinte, me dice el camarero. ¿Cómoooo?  Es que, ya sabe, con la crisis nos vemos obligados a subir un poquitín los precios para sobrevivir. ¿Más de mil pesetas por una copa de vino, un cocacola y una tapita de chicharrones?.  Así es, me dijo muy serio. Pagué. Por supuesto que pagué. Pero no sin antes jurarle y jurarme por lo más sagrado que nunca volvería a ese bar. 

Tal cara de tonto debía habérseme quedado que “El Venencia”  me arrastró a otro bar para ahogar mi incrédula desazón en dos cervezas. Pidió dos cañas y, tras un minuto, el camarero nos sirvió dos tapas de garbanzos con bacalao. ¡Con la primera cerveza damos una tapa!, me dijo al ver mi cara de asombro. Charla distendida, pese al sofoco de la clavada anterior y al terminar, Manolo que pide la cuenta: Dos euros. O sea, más barato y con la barriguita llena de garbanzos con bacalao y con el pan con el que hice innumerables barquitos hasta que vi el fondo al platito. Me despedí de “El Venencia” y me fui a casa andando y reflexionando. 

Evidentemente el dueño del primer bar había ganado con nosotros más dinero que el segundo, aferrándose a la tan cacareada crisis. Pero el del segundo nos había fidelizado para los restos. Está claro que a todos mis conocidos y amigos y a cualquiera que me pregunte sobre ese bar de cuyo nombre aún no deseo acordarme le diré que no entre, ya que la clavada está asegurada. Sin embargo, les animaré a que acudan al segundo ya que allí me encontrarán siempre que pueda escaparme con alguno de mis amigos. ¿No creen que algunos hosteleros de Jerez padecen miopía empresarial al procurar una ganancia inmediata frente a la necesaria fidelización del cliente? Sí, hay crisis, pero frente a ella, imaginación. Si matamos la gallina nos quedamos sin los huevos. Además, que esto está ya inventado… Ahí tienen el ejemplo de Granada donde la tapa está asegurada tras pedir cualquier bebida… ¡A ver si tomamos nota!.

jueves, 30 de agosto de 2012

EL CAMARERO


Martes por la mañana. Hoy me he despertado temprano. He pedido el día libre en el trabajo y me dispongo a disfrutar de una jornada sin informes ni jefes, sin órdenes ni horario establecido. Un día para ir a pagar el seguro, al banco para eso del préstamo, a pasar la ITV... ya saben. Lo primero, desayunar en la calle. Sí, me voy a permitir el lujo de tomarme unas tostadas en el centro. Me compro el periódico y me siento en la terraza de un conocido bar. Alzo mi mano a fin de llamar la atención del camarero... y nada. Pasa una y otra vez a mi lado, con la bandeja en la mano y con la prisa reflejada en su cara. Lo llamo: “Jefe, por favor”. Ni por esas. Llevo diez minutos y por fin se acerca para, sin ni siquiera mirarme, limpiar la mesa de cafés, restos de migas, el sobre arrugado del azúcar y un vaso de agua a medio terminar. “Uno con leche, una media con aceite y un zumo de naranja natural, por favor”. 

El camarero se marcha quedándome la duda si ha oído mi pedido, pero en fin vamos a tener fe. Otros diez minutos. Vuelvo a repasar el periódico y, cuando ya me disponía a hacer el sudoku, aparece el camarero con un café solo, un croissant y un vaso de agua. Respiro hondo. “No ha dado ni una, oiga”. “Le pedí...”. No me dio tiempo a más. Recogió en un pis pas asintiendo con la cabeza, como diciendo “Sí, ya lo sé, ya recuerdo”. Otros cinco minutos por el reloj. Al fin aparece con lo que le pedí. Lo deposita en la mesa buscando mi aprobación, que finalmente obtiene al comprobar que todo estaba bien. Me acerco al café y ¡voila!, “está frío”. La tostada, también ha sufrido los rigores de un largo tiempo fuera del tostador y el zumo... es de bote. Se me queda la cara de tonto y, a riesgo de pillar una pulmonía, me tomo el café, la tostada con aceite y el zumo de bote que, además, estaba aguado ya que los dos cubitos de hielo ya se habían derretido. 

Respiro hondo una vez más y pido la cuenta. Se acerca el camarero, recoge todo y se lleva el periódico. “Oiga, que no es de la casa, que es mío, que lo compré esta mañana”. Ni caso. Se pierde entre las mesas y decido esperar a que vuelva para expresarle mis quejas. Vuelve, sí, pero de pasada. Sin hacerme caso. “Mi cuenta, por favor”. “Y el periódico, que es mío”. Respiro hondo una vez más, pero esta vez sonrío. Me levanto despacio y, sin vacilar, desaparezco por la calle abajo. Sí, me he ido sin pagar... pero ¡Qué gustazo y qué bien me he quedado.! ¿No les parece?.

miércoles, 22 de agosto de 2012

A COLARSE TOCAN


Es uno de esos deportes nacionales en los que este país es líder indiscutible. Me refiero a “colarse, entendiendo este término en la acepción más pícara, esa que supone ponerse por delante de alguien saltándose el turno preceptivo. Vaya como ejemplos éstos que refiero a continuación. Primero: El “cara”. Dícese del que haciendo caso omiso u oídos sordos se cuela el primero, o en medio de la cola del banco, despacio, disimuladamente, silbando “mi jaca galopa y corta el viento..” y que, cuando alguien le recrimina su actitud se sorprende y aduce no haberse dado cuenta, que lo siento, que no era mi intención y que no había visto la cola. Segundo: El “enchufao”. Por este sobrenombre se conoce al individuo que, aprovechando una relación de parentesco o amistad, se salta a la torera a la gente que lleva media hora esperando a la entrada del fútbol, saluda afectivamente al de la ventanilla o puerta, según el caso, y entra como Pedro por su casa hasta la cocina. Tercero: El “listo”. En este apartado incluiremos a ese paciente que llega el último y que cuando se abre la puerta del médico se cuela rápidamente con cualquier falsa excusa diciendo algo así como “Perdonen, solo es una pregunta rápida y salgo enseguida” o “¿Me permiten?, es urgente”, dejando con un palmo de narices al personal. 

Cuarto: El “tengo un morro que me lo piso”. Es el que se cuela en una boda de postín, bien conjuntado, con su acompañante del brazo, arroz en mano, vivan los novios y viva el padrino y dispuesto a jurar en arameo que está invitado por la familia del novio o de la novia, según sea el que se lo pregunte. Quinto: El “no sabe usted con quien está hablando”. Aquí incluiremos a ese individuo engominado, barbilla en alto, aire de superioridad, andar distinguido y móvil en la oreja que entra decidido saludando de soslayo al portero de la discoteca, y dejándolo tan absorto que creerá que tiene ante sí a  alguien “importante” y que estaría feo pedirle la entrada.  Sexto y último: “El mente fría”. Se trata de un ser inteligente, que estudia el terreno y que actúa en consecuencia. Es ese que falsifica la entrada de los toros con el Photoshop o bien la fotocopia en color; el que se inventa un carnet o acreditación falsa de periodista para entrar en un concierto; o que el que se cuela en el Circuito por la entrada de atrás o por la de emergencia haciéndose pasar por trabajador. 

En otros apartados más simpáticos, estarían personajes como Jimmy Jump, ese cachondo de la barretina que se coló en los premios Goya dejando en evidencia a los responsables de seguridad de la Gala, y que también dejó perplejos a los europeos con ese minuto de gloria junto a Daniel Diges. Espero no haberles dado ideas para “colarse”, aunque seguro que alguno de los que leen esto incluirían más apartados y formas para entrar por el morro allá donde no están invitados. Aunque solo sea por el prurito de decir “me he colao…sin pagar”. 

jueves, 2 de agosto de 2012

VUELVE EL MACHOTE


El “machote” vuelve a estar de moda. Sí, el macho ibérico resurge de sus cenizas cuando todos le creían una especie en vías de extinción. Y es ahora, en verano, cuando aparece reivindicando altivo ese nuevo concepto de hombre que recoge el relevo de esos “tíos de pelo en pecho” verdaderos iconos sexuales de los 80 y que, aún hoy subsisten en alguna reserva. Empecemos por los últimos. Son fáciles de identificar. Vientre prominente, una querencia por las rubias (léase cerveza), su pasión por el fútbol y/o los toros, pelo en pecho que sobresale orgulloso por el último botón de la camisa (los pelos puntúan mucho, sobre todo los de la espalda y las orejas), lamparón en la pechera, olor a Varon Dandy, el perrito de muelle en el salpicadero del coche, pantalones ajustados, calcetines blancos y gafas oscuras con cristal de espejo. Pero éstos especimenes están en clara decadencia. Sobreviven en un hábitat muy definido, atesorando las películas del héroe fílmico de los 70, Alfredo Landa (inventor del landismo) y reuniéndose con otros compañeros que se resisten en el Alcázar de su integridad ibérica a entrar por el aro de una metrosexualidad que les incita a depilarse el pecho o embadurnarse su rostro sin afeitar de cremas y potingues. 

Vayamos ahora a los actuales “machotes”. Se reconocen por su coche tuneado, con alerones y faldones que casi arrastran por el asfalto y donde suena el "reggueton" a toda pastilla. Generalmente se saben las canciones e incluso intentan bailar dentro del coche mientras el semáforo esta en rojo. Llaman a su pareja por el apelativo de churri y llevan varios tatuajes en el brazo y la pierna. Comparte con su homónimo de los 80 que bebe cerveza y se ve los partidos de fútbol hasta de tercera división. El móvil colgado del cuello o en la cintura, como los profesionales y el mando a distancia siempre a mano. No usa desodorante ni cepillo de dientes. El cabello grasiento que parezca que lo lleva mojado todo el día. Y siempre se tocan el miembro unas cuantas veces durante la conversación. Así que, queridos metrosexuales, pésimas noticias. 

Apurad los últimos coletazos de vuestras cremas hidratantes y quemad en una hoguera colectiva vuestras camisetas ceñidas y los posters de Beckhan. Es el Apocalipsis de los torsos apolíneos. Llega con fuerza el machote del siglo XXI.


miércoles, 25 de julio de 2012

LA COMILONA


(Artículo publicado en Viva Jerez el 26/7/2012)
Dos y media de la madrugada cuando escribo este artículo. Estoy sentado frente a un escritorio fácil de describir porque es el que siempre encontramos en cualquier hotel de cuatro estrellas que se precie. Sobre él, una libretilla en blanco con un bolígrafo que está diciendo méteme en la maleta junto al gel de baño, la esponja limpiazapatos, el peine y los pañuelitos de papel que todos nos llevamos de los hoteles. En fin, que aquí estoy triste, apesadumbrado y con un pesado sentimiento de culpa motivado por la comilona que acabo de zamparme hace unos minutos entre pecho y espalda. Semanas de cenas espartanas, danacoles para librarse del colesterol malo, productos light, leche desnatada, ensaladas con todos sus avíos, tres litros de agua diarios y cervezas ni olerlas… para esto (mientras digo esto último, observo con desagrado la barriguita prominente que de la noche a la mañana ha aflorado en mi apolínea figura). 

Todo por la maldita tentación. Por ese diablillo que, situado a la izquierda de mi hombro, me susurraba al oído que esa barbacoa llevaba mi nombre. Debería haberle hecho caso al angelito que, a mi derecha, me alertaba de los efectos de ingerir esos grasientos productos del demonio. Pero no. Sucumbí y me puse como el quico. Jamoncito, queso bien curado, aceitunitas de las gordas, langostinos tigre y paté de cabracho con dos jarras de cerveza hasta arriba… como entrantes. Después, presa y secreto ibérico, longanizas interminables, choricitos criollos y morcillitas de Burgos, regado todo con un excelente vino de la Denominación Utiel-Requena (no sé si les dije que este pasado fin de semana me he venido de visita a esta comarca vitivinícola valenciana). De postre, mouse de chocolate, chupito de hierbas y dos cubatitas de ron con cola con unos cacahuetes acaramelados y unas palomitas de maíz que terminaron de hincharme como un globo. Un homenaje por derecho. Una comilona “de categoría”, como diría mi amigo Nacho Sacaluga. Pero lo malo ¡qué digo lo malo, lo peor! estaba por venir. 

Era la una de la madrugada cuando me levanté del restaurante y entonces lo noté. ¿Quién me ha atado a la silla?, pensé. Casi no podía levantarme de lo lleno que estaba. Pagué y me dirigí al hotel despacio, con un puntito… digamos que gracioso. Ya por entonces comenzaba a notar un desagradable sentimiento de culpa por el crimen culinario perpetrado en mi organismo en las últimas horas y que se hacía patente en la pesadez de estómago que aún perdura. Pensé que con una buena dormilona se pasaría todo, pero no. Tras cientos de vueltas en la cama me levanté sudando como un pato y aquí estoy. Frente al ordenador. Pensando en que la realidad supera, la mayor parte de las veces, cualquiera de las inspiraciones a las que acudo para escribir artículos como éste. En fin, son las tres y media y me acuesto. Mañana… será otro día. Un saludo hasta septiembre para los cinco lectores de Viva Jerez que aún me quedan (contando a mi padre y a mis titos Pedro, Emilio y Desi). ¿Es usted el quinto? Gracias, amigo.

miércoles, 18 de julio de 2012

DAR CERA, PULIR CERA


(Artículo publicado en Viva Jerez el 19/7/2012)
Hoy he despertado con energía. A las 9 (¡ojo, aun estando de vacaciones aquí en Valencia!), me he dicho: “hoy voy a aprovechar el tiempo”. He desayunado pan con aceite, su buen tazón de café con leche y zumo natural de naranja. Después… bueno, después lo que hago siempre a esa hora y que es consecuencia del desayuno. En fin, al grano. Lo primero, lavar el coche. A mano, por derecho, nada de máquinas automáticas. Tres bayetas, un bote de Fairy, una palangana, esponja, manguera y vamos que nos vamos. En bañador, con el torso desnudo (mostrando la vacacional barriguita cervecera) y en chanclas comencé el fregoteo. Lo primero, quitar la frasecita que algún gracioso escribió en el parabrisas trasero “Lávalo, guarro, que no encoge”. Después, enérgicos vaivenes con la esponja que hacían bueno el anuncio del Fairy de que con una gotita… ¡Jo, cuánta espuma, casi no se ve el coche! Para enjuagar, nada mejor que una manguera con difusor tipo pistola. En plan John Wayne, disparando agua a diestro y siniestro, el coche apareció de nuevo. Después, bayeta al canto y a secar para, a continuación, encerado profesional (así lo dice el bote que compré en el Carrefour). 

Y ahí estaba yo, en plan Karate Kid “dar cera, pulir cera”. Después, aguantar el choteo de mi cuñado: “cuando acabes ahí está mi coche…”, “no sabía que el color de tu Laguna era ese…”.  Para acabar, los cristales, por fuera y por dentro. De lujo, oigan. Quince minutos y mi coche parecía otro. Ahora por dentro. El sol, a esa hora, calentaba de lo lindo. Y dentro era un horno. Abrí las ventanillas. Limpiasalpicaderos, limpiamoquetas y al lío. Al retirar las esterillas hallé un cromo de Zidane del Mundial 2006; treinta céntimos en monedas de uno, dos y cinco; dos bolígrafos; varias cáscaras de pipas de calabaza; y un caramelo de limón de la Caja de Ahorros de Jerez. Sudando como un pato salí del coche y situándome a varios metros miré mi obra. Había merecido la pena. Ya era mediodía y el papa había dado bula para beber. Así que, cervecita fresquita, quesito, papas fritas, aceitunitas con anchoas y esto no será ná. 

Ya iba por mi segundo zumo de cebada cuando oí un trueno sospechoso. No podía ser. No había casi nubes en el cielo. En ese momento recordé que, aquí en Valencia, llueve en verano cuando menos te lo esperas. Un brusco contraste de las temperaturas y, en un pis pas, lluvia torrencial y después vuelve a salir el sol… Y así fue. Un mes sin caer una gota y ahora, como un pasmarote, cerveza en una mano y un papa frita en la otra, vi como comenzaba a llover como si nunca hubiese llovido. Cinco minutos con cara de tonto. Cuando escampó, el coche evidenciaba los efectos de una lluvia que había arrastrado toda la arenilla que flotaba en el ambiente. Casi toda fue a parar a mi Laguna. Menos mal, pensé, que por dentro seguirá limpio. ¿O no? ¿Cerré las ventanillas? Diooossss.

miércoles, 11 de julio de 2012

LA CALOR


(Artículo publicado en Viva Jerez el 12/7/2012)
Las dos y media de la madrugada. Llevo una hora dando vueltas en la cama, empapado en sudor y sin visos de conciliar el sueño. La temperatura y la humedad del ambiente, a esta hora, aquí en Valencia (donde paso las vacaciones), son muy altas. Vuelvo a encender el aire acondicionado consciente de que, en pocos minutos volveré a apagarlo. Y es que, pese a mis intentos, aún no he conseguido dar con la tecla del mando a distancia que evite o morirme de frío o sudar como un pato. ¿A cómo lo pongo, a 26, 28, 30 grados?. Nada. O frío o calor, no hay término medio. En fin. Me levanto al cuarto de baño y después me vuelvo a acostar. Pienso en las medidas que va a anunciar Rajoy mañana (ayer para el lector), en el ERE que ERE, en si Perico habrá ido a casa a regar mis plantas. Miro el reloj. Las tres y diez. A ver si comiendo me entra sueño. Bajo a la cocina. A ver qué hay en la nevera… Leche con magdalenas. Me atiborro y vuelvo a subir. Otra vez al sobre, pero sin atisbo de sueño. 


Cuando parecía que llegaba Morfeo el zumbido de un mosquito que rachea por mi oreja me pone en alerta. Me levanto y salgo de la habitación no sin antes descargar el bote de insecticida. ¡Que te jo… mosquito! A ver qué hay en la tele. Quirománticos, concursos telefónicos que nadie acierta, chats eróticos… Pongo el canal 24 horas a ver si con las noticias económicas me entra sueño. Nada. Vuelvo a subir. Las cuatro y media. La habitación es un invernadero. ¡Qué calor! Vuelvo a poner el aire y me quito la camiseta. A ver si ahora duermo algo. Cierro los ojos. Le doy vueltas al concierto del viernes de Julio Iglesias en Denia. ¿Y si me decido de una vez? La entrada más cara sube de los 200 euros. Ni de coña. En el gallinero cuesta 35. Sí, sé lo que piensan, pero reconozco que entre mis aficiones musicales se encuentra mi Julio. ¡No quiero comentarios jocosos en mi blog!, ¿eh? Vuelvo a abrir los ojos. Como platos. 

Cojo el móvil y abro twitter. Leo en La Información que se crea un festival de cine en Internet con vídeos de gatitos. Temazo. El presidente de ATA, el jerezano Lorenzo Amor, escribe: “Los hombres que construyen la sociedad son responsables de sí mismos”. Preciozo. Y en Muy Interesante leo: “Las personas que nacen en verano son más altas”. Abro Facebook. Mi amiga Pepa Pacheco anuncia que va a ser tita, mi colega Desi publica una foto de su hijo al volante de un kart, y mi hermano Perico sigue anclado en la orquesta del Titanic. En mi mail, nada nuevo. Las 5 y cuarto. La almohada está empapada y hecha un gurruño de la paliza que le llevo dando toda la noche. Siento frío. Vuelvo a apagar el aire. Cierro los ojos y pienso en el artículo de hoy. Ya está. Tomo notas para el artículo que ahora están leyendo. Y entonces… me duermo. Ante esto último tengo dos teorías: la primera que me pudo el sueño. Y la segunda que el artículo de hoy es… para dormirse. Así que juzguen ustedes. Si es que aún están ahí y no han pegado una cabezada… ¿Hay alguien ahí?. ¡Holaaa!.

viernes, 6 de julio de 2012

BLANCO Y EN BOTELLA


(Artículo publicado en Viva Jerez el 5/7/2012)
Volví sobre mis pasos. Escruté cada rincón por donde antes había pasado, pero nada. Repetí cada movimiento a la inversa, pero ni rastro del móvil. Recordaba que lo había cogido y me lo había colocado en el bolsillo trasero del pantalón, pero ahí no estaba. Llegué a casa y le pedí a mi mujer su móvil. Marqué mi número. Sonaba. Buena señal, me dije. Volví a recorrer el camino agudizando el oído a la espera de oír el tono, pero nada. Además, recordé que lo había dejado en silencio cuando me fui a dormir la siesta… y no lo cambié. El más difícil todavía, pensé. Perder un móvil, en los tiempos que corren, es todo un drama. Además de los contactos, están las aplicaciones bajadas, las notas tomadas, los datos personales, hay que darlo de baja… Además del precio del teléfono, que no es moco de pavo. Un Iphone, con todos sus avíos. Ahí es nada. 

En fin, que proseguí con la búsqueda mientras seguía llamando a ver si por lo menos algún parroquiano lo había encontrado y respondía… Pero nada, ni rastro. Casi lo daba por perdido cuando observé a un chico, de unos 20 años, con un Iphone como el mío en su mano derecha, con una funda negra como la mía y enseguida lo guardó en su bolsillo cuando se percató de mi presencia. Miró a un lado y al otro. Eran las 5 de la tarde y con el calor la calle estaba vacía. De repente comenzó a andar rápido mirando hacia atrás como con miedo. Blanco, y en botella, pensé. Volví a llamar. Probablemente estuviera  vibrando en su bolsillo, pero no advertí nada extraño en su comportamiento. Al fin, me atreví, salí corriendo y lo agarré del hombro. -¿Qué pasa?, me dijo nervioso. -¿Qué de qué?, le dije, amenazante. -Creo que tienes algo mío. El chico se encogió de hombros. -Dame el móvil de una vez y acabemos con esto. ¿Perdón?, -¡El móvil, dámelo o te enteras!, le dije mientras alzaba mi mano derecha amenazante. No sé de lo que me habla, dijo. El chico, en un descuido mío, salió corriendo. Salí detrás, pero era más joven y corría como un galgo. -¡Como te coja, te enteras, ven aquí, dame el móvil!. 

En ese momento, vi a lo lejos un coche del 092. Alcé mis manos y pararon. Les expliqué lo que estaba pasando. -¿Seguro que su móvil es el del chico?. -¡Seguro, seguro. Es mío!. Blanco y en botella, leche. ¡Entonces debe ser una casualidad que una señora nos acabe de entregar este Iphone que se ha encontrado en el suelo, a unos metros de aquí…! Y me enseñó el que identifiqué como el mío. Llamé y enseguida vibró y se encendió alertando de una llamada de mi mujer. Tierra trágame, pensé. No me salía ninguna explicación coherente a mi metedura de pata. Finalmente me entregaron el móvil y me fui a casa. De camino volví a ver al chico y al llamarlo para pedirle disculpas salió corriendo como alma que lleva el diablo pidiendo socorro a gritos. Tragué saliva. Y es que, a veces, si es de color blanco y está en una botella, igual no es leche… Digo yo.

jueves, 28 de junio de 2012

GANAS DE TIO


(Artículo publicado en Viva Jerez el 28.6.2012)
Hoy no voy a trabajar. Me quedo en casa. La nochecita que he pasado. Atiborrándome de nolotiles, voltarenes y pomadas. Me pesan los brazos y tengo agujetas hasta en las pestañas. Estoy hecho un cromo. Y todo por culpa de mi hijo. Mejor dicho… por culpa mía. Fue ayer. Estaba con los amigos, de barbacoa y mi hijo me picó para jugar al fútbol. Estaba hasta la colcha de choricitos a la brasa, filetitos de ternera, pan de campo, chuletitas de cerdo y cerveza, mucha cerveza. ¡Venga papá, juega conmigo!. Y ahí estaba yo, desplegando la técnica adquirida durante años. Un toque seco y el balón ascendió hasta botar en mi rodilla, y de ésta al pie derecho y después al izquierdo, y de ahí a la cabeza. Miré de reojo. Todos se asombraban de mi maestría con el esférico. Mi hijo flipaba. Se incorporó uno de ellos y, en menos de un metro cuadrado, le marqué dos regates que le dejé sentado. Aplausos. 

No cabía en mi cuerpo. Después, un toque con el interior de mi pierna derecha y el balón se coló por la escuadra como un rayo. Más aplausos. Otros amigos más se calentaron y saltaron al campo. Desplegué todas mis habilidades… ¡Durante cinco minutos más!. No podía. Se me salía el corazón por la boca. Tuve que sentarme, abatido. Oí alguna sonrisa burlona a mi espalda. ¿Dónde quedó ese Esteban que jugaba al squash, al tenis, al fútbol?. Aún recordaba esas incursiones por la banda, sorteando jugadores, regates imposibles, rápidos repliegues de vuelta a la defensa. Y allí estaba ahora. Desparramado en la silla. Rendido por la evidencia física. ¡Vamos, papá, juega!. Ni de coña, pensé. Minutos más tarde, me repuse e intenté levantarme. ¡Dios, la espalda, las piernas…!. Parecía que me hubiera atropellado un trolebús. Con esfuerzo acabó el día y cuando llegué a casa caí rendido en la cama. Total, que me he levantado como he podido y arrastrando las babuchas he llegado al baño. 

Y aquí estoy, frente al espejo, mirando el reflejo de un gachó en bata, despeinado, con medias barbas, ojeroso, barriguita cervecera y encorvado por el dolor de espalda. ¡Hay que tener ganas de tío!, pensé. Ahora me vuelvo a la cama. A soñar con cualquier tiempo pasado. Cierro los ojos y sonrío al recordar mi recital de ayer. Sí, fueron solo unos minutos de gloria con el balón, pero aún perduran. ¡Qué toques, qué control!. Aún recuerdo el rostro orgulloso de mi hijo al verme… pero también el choteo de todos. En fin, hoy me apunto a un gimnasio. De esos que tienen piscina, spa y sauna y todas esas cosas modernas. Debo recuperar mi apolínea figura… Bueno, mejor voy mañana, que hoy parece como si me hubieran dado una paliza. ¡Que tiemble Chapín, que en dos meses estoy de vuelta a los terrenos de juego!.

viernes, 22 de junio de 2012

LA OFERTA


(Artículo publicado en Viva Jerez el 28.6.2012)
“Por la compra de tres cajas de comida para gatos, una gratis y además una bolsa de viaje de regalo ”. Una buena oferta, pensé. Tendría comida para mis mininos para los próximos tres meses y, además, me regalaban una bolsa que, por lo que veía en la foto, tenía muy buena pinta. Al carro con ellas. Seguí la compra y me dispuse a pagar en caja. Era sábado, y el Hiper estaba hasta los topes. Observé una caja con sólo tres personas y corrí presto hacia ella. A esperar tocan, me dije armándome de paciencia. La ley de Murphy hizo el resto, ya saben… el producto al que se le ha caído el código de barras y espere usted a que venga la chica de los patines… que si no se puede leer bien la banda magnética de la tarjeta de crédito y a ver si poniéndole una bolsa podemos arreglarlo… que este paquete de guisantes está abierto y espere que vaya por otro… En fin, lo normal. Tras quince minutos de espera, me llegó el turno. La cajera me fue pasando todos los artículos y me indicó el importe. 

Un flash de duda me pasó por la cabeza y mi vista se dirigió directamente al precio de la comida para los gatos en el ticket. Efectivamente me había cobrado las tres cajas y de la bolsa de viaje, nada de nada. Señorita, la oferta decía que una de las cajitas era de regalo. Lo siento, no tengo constancia. Oiga, que hay un cartel… Un segundo que llamo a mi compañera. Oiga que tengo croquetas congeladas en el carro, y a ver si… Diez minutos hasta que la chica de los patines llegó a la caja, fue a la sección de comida para gatos, volvió y verificó que yo estaba en lo cierto. Después, otra llamada de confirmación a la caja central, rectificación del ticket, y excusas varias por el error. ¿Todo bien, señor?. Bueno, me falta la bolsa de viaje… Lo siento, no tengo constancia. ¡Otra vez no…!. Señorita, que el cartel lo indica claramente. Pues reclámelo en caja central con el ticket. Me dirijo a ella y saco número: el 145… y va aún por el 110. Y las croquetas en el fondo del carro, descongelándose. Todo sea por la bolsa de viaje. Quince minutos más tarde me atiende una sonriente señorita. ¿Qué desea?. Le explico lo de la oferta y la bolsa de viaje de regalo. No tenemos constancia. Un segundo que pregunto a mis jefes. 

Otros quince minutos de espera. Que si es una oferta reciente y aún no nos la han comunicado, que si no sabemos si hay bolsas de regalo… Espere a que la chica de los patines compruebe la oferta en la sección de comida para gatos… Al final, todo aclarado. Apareció la dichosa bolsa y me la entregaron. Cuando la vi no me lo podía creer. Era minúscula, de plástico del malo. En un chino, no pagaría más de un euro por ella. Y allí estaba yo. Camino del coche, con la ridícula bolsa de viaje en la mano y observando en el carro el efecto del agua descongelada de las croquetas en dos de las tres bolsas de comida para los mininos. Suspiré hondo.

miércoles, 13 de junio de 2012

LAS GAFAS


(Artículo publicado en Viva Jerez el 14.6.2012)
La O, la R, la M, la W y la P. ¿Me puede usted leer ahora la línea de letras de la fila inferior?.¿Eh?, estooo, a ver… ¡Sí!, creo que es… la N o la… la… H, o bien es la K, y después… viene, viene la… U ¿o es la V?...  ¡Dios! ni entornando los ojos como un chino con diarrea podía alcanzar a ver con claridad las letras que me señalaba el óptico. ¡Es normal!, me dijo acercándose. Con “su edad” es normal que a usted le cueste ya leer o que le duela la cabeza si pasa horas delante del ordenador. A ver, póngase esto. Y va el tío y me pone sobre la nariz un pesado aparato de medición, con lentes intercambiables como culos de botella. ¿Ve ahora mejor las letras?. Pensé en mentirle para preservar mi honra visual, pero bajando la cabeza y la voz y a regañadientes respondí: Si. ¿Cómo, qué dice?. ¡Que sí, que veo mejor!. Pues bien, resulta que usted tiene algunas dioptrías, pocas, pero “a su edad” las suficientes como para que usted necesite … ¡¡GAFAS!!.

¿Yo?. ¿Gafas yo?. Le miré mal, arqueando las cejas y negando insistentemente con la cabeza. Pero si yo siempre he tenido una vista de lince y jamás de los jamases necesité gafas… ni siquiera para el sol. Si yo únicamente he venido a la óptica para dejar de escuchar a mi mujer que me insistía en que ese dolor de cabeza podía ser de la vista. No me lo podía creer. Yo, con gafas para cerca. Además, ¿A qué venía eso de llamarme constantemente de “usted” y hacer referencia a “mi edad”?. Pero si estoy en la flor de la vida. Estoy hecho un chaval, todos lo dicen… ¿Ha mirado usted bien los resultados del chequeo?. A ver si se ha confundido con algún otro cliente… ¿Por cierto, no hay lentillas para lo mío?. El óptico sonrió y abriendo un armario sacó un par de monturas. Oiga, ¿no tiene unas que no se noten demasiado?. Sí, que no parezca que las llevo, usted me entiende… A ver, pruébese estos dos modelos. Me puse la primera montura. A ver, a ver… ¡Le quedan genial, son perfectas para usted!. Miré la etiqueta con el precio y le dije: ¿perfectas para mí, o para usted?. ¡Qué pasada de precio!. 

En fin, qué le vamos a hacer. Éstas mismas. Me las quedo. Y aquí estoy, frente al ordenador, escribiendo este artículo, con un artefacto llamado gafas apoyado sobre mi nariz que raudamente guardo cuando vienen las visitas. En el trabajo, las llevo en resignado silencio, porque siempre hay algún gracioso que me recuerda que es normal llevarlas por aquello de “mi edad”. Afortunadamente, de vez en cuando, alguna compañera de curro me alegra el oído, diciéndome que estoy mejor con las gafas, añadiendo a continuación eso de que “con ellas pareces un madurito interesante”. Mira por donde, pienso yo. Lo mismo que le dicen a George Clooney y Richard Gere. Y es que quien no se consuela es porque no quiere. Digo yo.

miércoles, 6 de junio de 2012

DE LOS NERVIOS


(Artículo publicado en Viva Jerez el 7/6/2012)
No lo puedo remediar. Me ponen de los nervios esos conductores que creen que en Jerez se paró el reloj hace cincuenta años y que transitan por las calles como si estuvieran a los mandos de un autobús turístico, o bien paran su vehículo en plena calle para bajar la compra del mes mirando con indiferencia la cola de coches que espera impaciente, o que se embelesan mirando el fugaz vuelo de una mosca mientras el semáforo ya hace un rato que se puso en verde. Me ponen de los nervios esos clientes de hipermercados que, a la hora de pagar en la caja, desatendiendo la cola que les contempla, buscan sin prisa el dinero justo de la compra en su monedero o bien la tarjeta de crédito, el carnet del hiper, el DNI y, a continuación, (¿no podían haberlo hecho antes?), comienzan a introducir  sin prisas la compra en las bolsas y, para colmo, preguntan a la cajera sobre los precios que aparecen en la factura. 

Me ponen de los nervios esos funcionarios de ventanilla que, tras una gestión, se ponen a hablar con el cliente del tamaño de la urta que un amigo común pescó la pasada semana en Rota obviando que otros parroquianos esperan impacientes en la cola ser atendidos por un asunto urgente. Me ponen de los nervios esos camareros que pasan veloces una y otra vez cerca de tu mesa sin darse cuenta que llevas media hora levantando y agitando la mano para pedir una mísera cerveza o la cuenta, mientras que otros  clientes de mesas cercanas son atendidos al poco de sentarse. Me ponen de los nervios esos horteras de “bugas” tuneados que, con todas las ventanillas abiertas, nos “regalan” a conductores y viandantes una música estridente con elevadas cotas de graves y agudos, con el volumen lo suficientemente alto para que les haga hablar con su “churri” a voces para, así,  rentabilizar la inversión de su equipo musical. 

Me pone de los nervios la gente que no piensa en los demás y que juegan con su tiempo y su paciencia. Subir las ventanillas del coche para no hacer partícipe a los demás de tu afición a partirte los tímpanos; meter la compra en las bolsas a medida que la cajera las pasa por caja y tener a mano la tarjeta de crédito; dejar la charla sobre la urta del amigo común para otro momento; fijarse en quién llega antes al bar para que al cliente no se le canse la mano de agitarla al viento; pensar que la calle es de todos y que otros conductores circulan por nuestro lado; o hacer en casa y no cuando se conduce un coche la tesis doctoral sobre el fugaz vuelo de la mosca, son detalles que yo, personalmente, agradecería. Todos esos casos me han ocurrido realmente. Seguro que a ustedes también. Igual se encuentran entre esos sujetos que me ponen de los nervios. O igual yo, en algún momento, he sido uno de ellos. Un poco de nuestra parte no vendría nada mal… para apaciguar los nervios. 

jueves, 24 de mayo de 2012

EL CHIVATO



(Artículo publicado en Viva Jerez el 24.05.2012)
Jerez. Sábado de Feria. A la altura del Hospital. Cuatro en punto de la tarde. 32 grados de temperatura en el exterior y 8 grados más en el interior de mi vehículo. Yo, camino de la Feria, corbata, chaqueta y flor en la solapa y escuchando un CD de María del Monte, cuando me encuentro con un atasco. Las obras de ensanche que se realizan en esta vía habían obligado a parar el tráfico unos minutos para la descarga de material pesado. Además, para mas inri, mi móvil estaba sin batería y aún no había llevado el coche a que le miraran la avería del aire acondicionado. Habían pasado quince minutos y mi nerviosismo subía enteros. Sudaba. Me quité la chaqueta y aligeré la corbata de mi cuello. Miraba impaciente el reloj cuando, sin darme cuenta, giré la cabeza hacia la derecha y entonces lo vi... ¡Ahí estaba él!. Bien trajeado, en su BMW blanco con aire acondicionado y luciendo sonrisa profidén. El “individuo" portaba en su mano derecha un móvil que parecía alejarle de aquella agobiante situación y ligeramente inclinado hacia atrás hablaba despreocupadamente, alisándose el pelo con la mano que tenía libre y sonreía, sonreía, sonreía...Mi rostro se tornaba cada vez más estúpido mientras lo observaba con la boca entreabierta y el gesto paralizado por el asombro. 

Eran las dos caras de la moneda: Yo, sudoroso, incomunicado, camisa remangada, agobiado... y él, sonriente, enchaquetado, engominado, parecía no haberse percatado del atasco. Fue un instante. El "individuo" giró su mirada hacia mi coche. Con los ojos entornados recorrió mi vehículo y después me dirigió una pasada visual acompañada de una sonrisa de indiferencia y superioridad. Parecía reírse de mi situación. ¡No aguantaba más!. A punto estuve de salir del coche y hacerle tragar el móvil. Afortunadamente, sonó un claxon que me devolvió a la realidad y vi que el atasco remitía. Pisé el acelerador y lo adelanté, no sin antes volver a observar cómo me dirigía esa sonrisilla de indiferencia una vez más mientras arrancaba su vehículo. 

A unos 100 metros, frené en seco ante uno de los agentes que restablecían el tráfico. En un ejercicio de civismo (y, porqué no decirlo, de envidiosa venganza) advertí al agente que el conductor del BMW que venía detrás estaba hablando por el móvil mientras conducía. ¡Si. Lo sabía!. Me había convertido en un chivato. El agente miró y comprobó mi denuncia con una sonrisa. Con gesto inquisidor alzó su mano abierta e hizo sonar su silbato mientras yo hacía mutis por la circunvalación. No sé que ocurrió después. Solo pude ver, por mi retrovisor, la mirada atónita del "individuo" que no comprendía la causa de esa parada. Apreté el acelerador. La circulación estaba restablecida. Ya no me importaba el calor, ni el agobio del atasco. Sonreí, subí el volumen del CD y ajusté la corbata. ¡Sí, era un chivato, pero... me sentía tan bien...!.

miércoles, 16 de mayo de 2012

DON CRISTOBAL


Pabellón de Marinos Ilustres (San Fernando)

(Artículo publicado en Viva Jerez el 17/5/2012)
Di un respingo. Se me heló la sangre y empecé a sudar pese a que era de madrugada y la temperatura no subía de los 6 grados. La voz era inconfundible. Alguien me había llamado por mi nombre en el interior de ese Panteón. Y allí no había nadie, al menos, nadie vivo… Fue en febrero de 1985. Cumplía servicio militar en San Fernando, como cabo segunda, en la Escuela de Suboficiales de la Marina. Esa noche hice mi primera guardia pernocta en el Panteón de Marinos Ilustres. Un impresionante edificio de estilo neoclásico que alberga los restos de, entre otros, Fernando de Magallanes, Alonso Pinzón, Durán González, Juan de la Cosa, Alcalá Galiano y otros héroes de la batalla de Trafalgar… Casi un centenar de enterramientos que si durante el día impresionan, en la noche, en silencio, con una luz tenue que deja ver sombras imposibles, acongojan. 

Y allí estaba yo. Bajé el Cetme del hombro y lo agarré con fuerza. Por un momento pensé que se trataba de una mala jugada por el sueño que a esa hora empezaba a notarse tras una dura jornada de instrucción. Pero la voz reapareció. Era casi imperceptible, susurrante, pero clara. “Estebaaan….”  Provenía de la tumba donde se supone que están los restos de Cristóbal Colon (ya saben que hay debates a cerca del lugar donde está enterrado, pero esa… es otra historia). En fin, que atendiendo a mi deber pedí en voz alta el santo y seña. Mi voz resonó con fuerza en el interior de ese templo. Tiritaba de miedo y frío. Tenía seca la garganta. Mis manos sostenían con fuerza el Cetme mientras mi dedo temblaba mientras rozaba el gatillo. Por fortuna, no había quitado el seguro. Tragué saliva. ¿Y si Colon me quería decir algo?. ¿Y si Don Cristóbal me había elegido a mí para que transmitiera al mundo un mensaje sobre su vida o sus conquistas?. ¡Cielos, qué responsabilidad!. Me acerqué despacio mientras pisaba con mis férreas botas militares las lápidas de héroes de la marina española. Estaba ya a 5 metros. “Santo y seña”, repetí. Nada. 

Respiré hondo. Me armé de valor y… ¡Salí corriendo!. Sí, me asusté y salí del templo como alma que lleva el diablo. Justo en la puerta… el sargento de guardia. ¡A sus órdenes, mi sargento!. ¿Qué le pasa, cabo?. Bueno, no sé por donde empezar. ¿No será que Colón le ha llamado por su nombre?. Lo miré pasmado. ¿Cómo lo sabía?. ¿O es que era costumbre que Don Cristóbal llamara por su nombre a todos los que hacía guardia en el Panteón?. De repente, observé una ligera sonrisa en su rostro. Y adiviné lo que pasaba. Sí. Era la novatada al pringado de turno. Y ese… era yo. Volví la cabeza y de detrás de la tumba aparecieron otros dos cabos llorando… de la risa. Parecía Alfredo Landa en “Cateto a Babor”. Creo que es la primera vez que lo cuento. La vergüenza que pasé, supongo. Han pasado años, si, pero aún recuerdo las risas y el choteo del Cabo Maldonado diciéndome al oído… Esteban, Estebaaann, soy Don Cristóbal...