miércoles 15 de febrero de 2012

SOLEDAD


(Artículo publicado en Viva Jerez el 16.2.2012)
A veces necesitamos escapar de todo y de todos. Evadirnos en alma y en espíritu y lanzarnos a una aventura distinta que nos traslade a otros mundos y a experimentar otras sensaciones. A veces, la rutina, la monotonía y el hastío diario nos asfixian de tal forma que la única salida es la evasión. Respirar el último aire puro que emana la montaña, pasear a solas y sin prisas en la madrugada,  conducir sin rumbo fijo por una carretera comarcal, sentarse a orillas de un manso río y mirar su cauce o simplemente aislarse del mundo con los ojos cerrados soñando despierto. Es una necesidad del ser humano que se agudiza, más si cabe, en el seno de una sociedad que nos oprime a golpe de las manecillas de un reloj. 

Huir es, en muchas ocasiones, vital para continuar sobreviviendo y en otras, esencial para cargar las pilas de un espíritu cansado. Los que nos rodean lo agradecerán. Se trata simplemente de huir del peso de un trabajo inestable y del consiguiente futuro incierto que nos aguarda. Arrancar la pesada máscara de hipocresía social que necesariamente debemos portar para alcanzar determinados logros. Hacer un paréntesis que nos separe del ruido que nos rodea. Buscar un oasis con palmeras y fina arena en mitad del asfalto que nos invade. Parar el mundo y bajarse durante un instante. Un instante para adentrarnos en nuestro propio mundo. Es una experiencia que les aconsejo que emprendan solos, sin prisas, masticando la yerma serenidad y sintiendo cómo el aire entra y sale de nuestros pulmones. No importa el día ni las circunstancias personales. No importa dónde ni cómo. Lo realmente importante es que ejerciten de vez en cuando esta sana costumbre. 

Pero, eso sí, solos. Como dijo el sabio Sancho Panza  “desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano”.  Otro legendario sabio, Buda, sentenció que el hombre nace y muere solo, y que esa soledad se mitiga durante toda nuestra existencia con la compañía de otros hombres solos con los que se comparten vivencias y momentos. Intentando no caer en los extremos que proponía el filósofo Schopenhauer, que veía la soledad como “patrimonio de los espíritus superiores y como un signo de su superioridad”, considero que la búsqueda de esa soledad implica la realización de un ejercicio de  introspección hacia lo más profundo de nuestro ser. Es encontrarse y, a la vez, descubrirse a uno mismo. Y es que en ese momento de conversación con tu propia alma, con tu mente y tu corazón encontraremos respuestas a muchas preguntas. Algo que todos deberíamos hacer algún día para sentirnos vivos y para volver a enfrentarnos con fuerzas y optimismo a la cruda realidad diaria que nos envuelve y que, a veces, agazapada, nos atrapa inexorablemente. 

miércoles 1 de febrero de 2012

MAESTROS LIENDRES


(Artículo publicado en Viva Jerez el 2/2/2012). 
Para amar y para odiar hay que conocer. Esta frase, que alguien me dijo un día, la intento llevar en mi mochila cuando viajo por esta senda que llamamos vida. Criticar a alguien o algo es relativamente fácil. Alabarlo gratuitamente también. Lo realmente difícil es hacerlo con propiedad, con argumentos. Y para eso, considero fundamental ahondar previamente en la cuestión, estudiar, preguntar, indagar hasta tener una opinión firme. Así, y sólo así, con una base sólida, se podrá rebatir cualquier argumento que ensalce o ponga en solfa a alguien o algo. Como observo que algunos de mis lectores se preguntan a dónde quiero llegar con esta perorata, les pondré algunos ejemplos que, a buen seguro, les serán familiares. 


¿Reconocen, por ejemplo, a ese tipo que asegura que fulanito o fulanita tiene un amante, o que menganito es maricón  porque me lo ha dicho alguien de confianza que no puede decirnos quién es?. ¿O a este otro que habla de la política nacional sin haber leído nunca un periódico o escuchado un informativo?. ¿Tal vez identifican a ese que se permite el lujo de hablar a favor o en contra del Opus Dei sin saber quién fue Escrivá o qué era eso de “Camino?”. Lanzan calumnias, esgrimen opiniones y defienden posturas sin haberse parado siquiera a conocer el fondo del asunto. Cuando observo a muchos opinar con supuestos argumentos sobre técnicas de fútbol sin haber leído ni estudiado nada sobre el asunto, sobre la lucha de clases y el comunismo como salida a todo sin saber qué escribió Engels o Trosky sobre el particular, sobre la cultura egipcia sin saber quién fue Ramses o qué es eso de Keops, o sobre El Quijote sin haber pasado de la primera página porque me han dicho es un tocho de aúpa, me da desazón. En este país todo el mundo sabe de todo. Así nos va. 


El otro día oí a alguien que conozco criticar las formas y la filosofía de un determinado colectivo. Cuando le pregunté porqué tenía esa opinión tan contraria me argumentó que “porque todo el mundo que conozco dice que es mala”. Intentaba sostener una opinión con retazos que había hilado oyendo hablar a otros que tampoco conocían de la misa la media. Retazos deshilachados, sin ton ni son, que me lanzaba a diestro y siniestro cuando intentaba argumentarle lo contrario. Terminé por no discutir con él. En el otro extremo están aquellos que hablan a favor de algo o alguien sin conocer las razones que le avalan. Sencillamente porque queda bien o porque todos los que conoce hablan bien de ese alguien o algo. Ni una cosa ni otra. Maestros liendres que pululan sin nada en la mochila y elevando el tono de la conversación para intentar convencernos de esa manera porque con la razón que dan los argumentos sólidos, nada de nada. Para ellos esta frase que alguien me dijo un día: Para amar y para odiar hay que conocer.

miércoles 18 de enero de 2012

ATACAO DE LOS NERVIOS


(Artículo publicado en Viva Jerez el 19/1/2012)
No lo puedo remediar. Me ponen de los nervios esos conductores que creen que en Jerez se paró el reloj hace cincuenta años y que transitan por las calles como si estuvieran a los mandos de un autobús turístico, o bien paran su vehículo en plena calle para bajar la compra del mes mirando con indiferencia la cola de coches que espera impaciente, o que se embelesan mirando el fugaz vuelo de una mosca mientras el semáforo ya hace un rato que se puso en verde. Me ponen de los nervios esos clientes de hipermercados que, a la hora de pagar en la caja, desatendiendo la larga cola que les contempla, buscan sin prisa el dinero justo de la compra en su monedero (céntimos incluidos) o bien la tarjeta de crédito, el carnet del hiper y el DNI y, a continuación, (¿no podían haberlo hecho antes?), comienzan a introducir  sin prisas la compra en las bolsas y, para colmo, preguntan a la cajera sobre los precios que aparecen en la factura. Me ponen de los nervios esos funcionarios de ventanilla que, tras una gestión, se ponen a hablar con el cliente del tamaño de la urta que un amigo común pescó la pasada semana en Rota obviando que otros parroquianos esperan impacientes en la cola ser atendidos por un asunto urgente. Me ponen de los nervios esos camareros que pasan veloces una y otra vez cerca de tu mesa sin darse cuenta que llevas media hora levantando y agitando la mano para pedir una mísera cerveza o la cuenta, mientras que otros  clientes de mesas cercanas son atendidos al poco de sentarse. Me ponen de los nervios esos horteras de “bugas” tuneados que, con todas las ventanillas abiertas, nos “regalan” a conductores y viandantes una música estridente con elevadas cotas de graves y agudos, con el volumen lo suficientemente alto para que les haga hablar con su “churri” a voces para, así,  rentabilizar la inversión de su equipo musical. Me pone de los nervios la gente que no piensa en los demás y que juega con su tiempo y su paciencia. 

Subir las ventanillas del coche para no hacer partícipe a los demás de tu afición a partirte los tímpanos, meter la compra en las bolsas a medida que la cajera las pasa por caja o tener a mano la tarjeta de crédito, dejar la charla sobre la urta para otro momento, fijarse en quién llega antes al bar para que al cliente no se le caiga la mano de levantarla, pensar que la calle es de uno si no de todos y que otros conductores circulan por nuestro lado o hacer en casa y no en el coche la tesis doctoral sobre el fugaz vuelo de la mosca, son detalles que yo, personalmente, agradecería. Todos esos casos me han ocurrido realmente. Seguro que a ustedes también. Igual se encuentran entre esos sujetos que me ponen de los nervios. O igual yo, en algún momento, he sido uno de ellos. Un poco de nuestra parte no vendría nada mal… para apaciguar los nervios. 

miércoles 11 de enero de 2012

CORRUPTELAS


A veces me pregunto en qué sociedad vivimos. Escuchar al chófer del Director de Trabajo de la Junta hablando de cocaína, subvenciones para montar empresas ficticias y juergas varias merced a subvenciones públicas es para escandalizar al asceta más imbuido en el nirvana que usted conozca. Lo de Urdangarín, la evasión fiscal y la fundación de niños discapacitados creada presuntamente para lucrarse es para que a uno se le ponga una cara de tonto con baba incluida. Que el tal Matas esté involucrado en pagos irregulares, en presuntas corrupciones en la Administración pública balear, es para tirar la toalla al ring y para decir hasta aquí hemos llegado. La Operación Malaya, la Operación Karlos, Blanco y lo de la gasolinera, los ERES fraudulentos y un largo etcétera de corruptelas hacen, a mi entender que nos malacostumbremos a ver como inevitable esta lacra que es la corrupción. Sobre todo ante la frecuencia con la que se da en nuestro país, la notoriedad de los que incurren en ella, la impunidad con la que parece que se puede llevar a cabo o la misma índole, un tanto permisiva, de muchos que piensan que, de tener ocasión, tampoco harían ascos a procurarse un buen dinero si se les presentara la oportunidad de meter mano en los fondos públicos, aunque el método para conseguirlo no fuera, estrictamente, acorde con la legalidad. Seguro en todos los países habrá casos de corrupción y prevaricación. 

Por desgracia la naturaleza humana tiene sus fallos y puede ser que la tentación de obtener dinero fácil sea algo que se de en cualquiera que ocupe un cargo público pero, reconozcámoslo, la frecuencia, la cantidad y el descaro con el que esta clase de delito se da en España es imposible que se pueda repetir en cualquier país civilizado de nuestro entorno. Pero, se da una circunstancia que aún agrava más la cuestión y es que, aparte de las responsabilidades administrativas o penales se pudieran derivar de una acción semejante, el hecho de que la persona que ha incurrido en corrupción sea un político alto cargo en la Administración, comporta un factor añadido que debería impulsar al sospechoso a que, sin necesidad de que se le pidiera u obligara por su partido, y ante la duda de que pudiera ser inculpado; dimitiera de su cargo, al menos, hasta que hubiera quedado clara su situación y exonerado de cualquier responsabilidad respecto al tema por el que hubiera sido imputado. 

Pero no es así. El apego al puesto, la falta de pudor y respeto por quienes lo eligieron o el empecinamiento en negar lo evidente han hecho que en este país no dimita ni Dios. O cambiamos las tornas y, como digo el Rey, la justicia es de verdad para todos, o paramos España y nos bajamos. Que ya nos va a costar sobrevivir con la subida de impuestos anunciada como para que unos frescales de tres al cuarto se lo sigan llevando calentito y gastándose nuestro dinero en juergas, coca o llevándoselo a paraísos fiscales, por muy yernísimos que éstos sean…

miércoles 21 de diciembre de 2011

EL COCHINILLO

(Artículo publicado en Viva Jerez el 22/12/2011)

Probablemente una de las cosas más agradables de la Navidad sea la convivencia con los amigos, la reunión con los colegas de profesión, el encuentro con los compañeros alrededor de una buena comida. Son días de vacaciones, de regreso a lo más íntimo, de fraternidad. Comidas de empresa, almuerzos con la familia, cenas con los amigos… Pero este año es tan particular como el patio de mi casa. Se nota que la cosa económica no está como otros años. O bien se mira con lupa el presupuesto de una comida o, simplemente este año hemos preferido hacerla en nuestra casa y así no gastar demasiado fuera. Pero hay momentos ya institucionalizados que son “sagrados”.

Viene esto a colación del almuerzo que la pasada semana reunió a Los Titos (creo que ya les he hablado de esta peña de amigos míos), en un conocido Restaurante de la ciudad. Pues bien, allí estábamos, rozando las tres de la tarde, una decena de “titos” alrededor de una mesa, hablando de todo un poco, brindando con oloroso y bromeando con la crisis… cuando llegó. Fue casi sin darnos cuenta. Se abrió la puerta del salón y allí estaba él. Su olor nos llegó incluso antes de que apareciera. Se hizo el silencio. Todos giramos la cabeza y lo miramos embelesados. Se acercó despacio, a cámara lenta, casi protocolariamente, hasta que fue a pararse justamente en el centro de la mesa. Troceado y churruscadito, nuestro amigo el “Tito Cochinillo” era, como cada año, la excusa perfecta para reunirnos en torno a él y degustarlo regado con un buen Rioja. Pasaron los minutos y llegaron el postre, los chupitos y las copas. Y más brindis por el añorado tito Juan Andrés, que se nos fue al cielo, por el tito Paco Méndez que estaba de viaje y por nosotros y el año que comienza. En ocasiones pienso que son estos momentos los que realmente merecen la pena. Los fugaces instantes en que se aparcan los problemas y surge la charla relajada y amigable, sin ambages, sin intereses de por medio, con la amistad como única bandera a enarbolar. Abrir hoy un periódico o escuchar un informativo en radio o verlo en televisión es una invitación permanente al pesimismo por lo que hay y por lo que nos espera. Nuestro futuro laboral está en el aire, los que aún lo mantenemos. Y el país se prepara para tiempos nada gratos. Por eso, momentos como los vividos el pasado viernes me ayudan a sobrevivir y a encarar el nuevo año con optimismo y ganas de hacer las cosas bien.

Probablemente cada uno de ustedes tenga su propia experiencia navideña, sin duda, agradable. Pero yo, desde esta tribuna, a dos días de la Nochebuena y con el permiso de los lectores de Viva Jerez, quiero agradecer la fantástica tarde vivida con mis titos Pedro García, Sergio Seco, Desi Martínez, Juan Álvarez, Juan Reyes, Antonio Cala, Manolo Monge, Gregorio Ruiz y Emilio Rubiales. Levanto mi copa y brindo por vosotros. Feliz Navidad a todos.

miércoles 14 de diciembre de 2011

EL GORDO DE LA NAVIDAD

(Artículo publicado el 15/12/2011 en Viva Jerez)

La cultura y las tradiciones forman parte de nosotros. Ambos conceptos se funden en los pueblos para dotarlos de una identidad que los diferencia de los demás. Y ese contraste es, precisamente, el que les otorga un sentido único que debe ser preservado para, de este modo, mantenerlo vivo generación tras generación. Sirva esta introducción para manifestar mi rechazo frontal a ese señor gordo vestido de rojo, con una gran barba blanca y un extraño gorro con borla que, de un tiempo a esta parte y cuando llegan estas fechas navideñas, me lo encuentro en hipermercados, colgado de algún balcón, en forma de muñeco de chocolate o en la calle Larga repartiendo folletos mientras hace sonar su estridente campana.

Sí, estoy hablando de Santa Claus, también llamado Papa Noel. Se trata, como saben, de una tradición importada de los países nórdicos y que hace alusión a la leyenda del espíritu de la Navidad pero que nada tiene que ver con el cristianismo o el nacimiento de Jesús en Belén. Ya, en un anterior artículo hablé de otra tradición “importada”, como era la del Jalowin, que se nos ha colado casi sin darnos cuenta y que ya han adoptado nuestros hijos e hijas sin saber si quiera de dónde viene y porqué. Pues, en consonancia con ello, tampoco estoy de acuerdo ni me siento identificado con este extraño señor que, además, llega en un trineo (muy español, sí señor) tirado por renos (que como todos saben pertenece a la fauna autóctona mediterránea), volando (¡Sí, hombre!), haciendo sonar su campanita (¡Otra vez con la dichosa campana!), balbuceando algo parecido a “Jo, jo, jo...” (¿De qué se ríe el gachó?. ¿Habrá fumado algo raro?), mientras intenta sin fortuna entrar por la chimenea (le sugiero un plan de adelgazamiento severo). No me gusta que reparta regalos la noche del 24 de diciembre porque se adelanta a la llegada de los Reyes Magos, que esos sí que son nuestros, los de toda la vida, anclados en nuestras tradiciones y fieles a la noche del 5 de enero.

¿Imaginan la cara del inocente Gaspar cuando llegue a una casa llena de juguetes que Santa Claus ya dejó dos semanas antes?. “¿Otro balón?, ¡¡Si ya tengo uno más bonito que me trajo Papá Noel!!”, diría el niño la mañana del día 6. “Otra vez se nos ha adelantado Noel… Es que se le quitan las ganas a uno”, pensaría el Rey Mago al ver ese panorama. Puedo pasar por el hecho de que hayamos incorporado el árbol de Navidad a nuestras casas (siempre que comparta su espacio con el belén). Pero no paso por agregar a Papá Noel a nuestra cultura. Estoy pensando en quitarle los madroños al niño y dárselos al gordinflón a ver si se emborracha, se cae de la chimenea y se marcha con la campanita y la resaca acompañando a los borrachos que, aprovechando que el río de Cartuja es de vino, van haciendo eses por el camino… Jo, jo, jo…

jueves 1 de diciembre de 2011

EL OJO DE LA CERRADURA

(Artículo publicado en Viva Jerez el 1/12/2011)

Alguien dijo que la televisión debería tener la forma del ojo de una cerradura para, de este modo, calmar las ansias morbosas y voyeuristas de buena parte de esta sociedad. Desde épocas pretéritas ha sido afán del hombre observar la vida ajena a hurtadillas, quizá para no ver la viga en el ojo propio. Cotillear sobre las miserias humanas de los vecinos, los secretos de alcoba o sus desvaneos e infidelidades para, a posteriori, hacerse el interesante contándolas en un foro determinado, ha sido durante siglos una práctica común y de la que casi nadie se ha salvado. “¿Sabes que Manolo se ha separado de su mujer para irse con otra…?. o “Me han dicho que Loli se ha operado los pechos. ¿Has visto cómo los tiene? ¿De dónde habrá sacado el dinero?” o “Creo que el hijo de la Conchi es de la otra acera. El otro día lo vi con un amigo paseando y lo cogió de la mano…”. Soltar en una reunión comentarios como estos es abrir la puerta a conjeturas y a chismorreos que siempre van acompañados del “No lo cuentes a nadie”.


Conscientes de este afán por conocer y opinar de la vida de los demás, y ahora que las cerraduras se han hecho más estrechas debido al tamaño de las llaves, los programadores de las televisiones generalistas trasladaron este interés a la pequeña pantalla. Así nacieron experiencias como el “Gran Hermano”, de gran éxito en multitud de países (lo que demuestra que no es una cuestión de culturas, si no de la misma raza humana). Este programa se basa en decenas de cerraduras por las que, desde el cómodo sillón del salón, escudriñar las 24 horas de personas anónimas conviviendo en una casa. A la par surgieron otros programas como “El bus”, “La isla de los famosos”, “Supervivientes”, “La casa de tu vida”, “La caja” o el último eslabón de la prostitución de la vida propia a cambio de dinero con el programa de Tele 5 “El juego de tu vida”. El concursante, sometido a un detector de mentiras, debe decir la verdad a cambio de ver aumentado su capital, contestando a preguntas como “¿Le has sido infiel a tu mujer?. ¿Has deseado acostarte alguna vez con una persona de tu mismo sexo?. ¿Te gusta más tu cuñada que tu mujer?.¿Has robado en tu trabajo?. Y debe contestar ante la presencia de su mujer, su cuñada, su madre y su hermano que lo observan atónitos ante lo que escuchan. Y lo peor es que este tipo de programas tienen éxito. Alguna vez el zapping me dirige a este tipo de espacios y me pregunto si los programadores televisivos son los culpables o lo somos nosotros por no cambiar de cadena. Porque si todos le diéramos la espalda, está claro que sería retirado de inmediato por aquello de la audiencia. Lo dicho, propongo que la tele se parezca a una cerradura antigua que, por cierto, ¿Se han dado cuenta que ésta tiene forma de cuerpo sensual?. Y es que, al final, todo encaja…

miércoles 23 de noviembre de 2011

EL PESTAZO

(Artículo publicado en Viva Jerez el 24/11/2011)

Era una chica alta, morena, de ojos color miel y sonrisa cautivadora. Cada día intentaba sentarme cerca de ella en un intento de que se fijara en mí. Un día, en la biblioteca de la Facultad, se sentó a mi lado, abrió un libro y comenzó a tomar apuntes. Y me lancé. Hablamos del curso, de los exámenes. Acabamos en el bar tomando café. Quedamos en vernos al día siguiente, y así estuvimos tres semanas. Hasta que volví a lanzarme y le pedí una cita. El sábado, le dije, te recojo a las ocho en tu casa.

Lo preparé todo. Elegí el restaurante, el lugar de copas y me compré una camisa. Lavé mi Seat Ritmo e incluso le compré esterillas nuevas. Todo debía resultar perfecto. Y llegó el día. Salí quince minutos antes de casa para no llegar tarde. Abrí la puerta del coche y… ¡Ahhh!. Una bofetada de olor nauseabundo penetró en mi nariz y me llegó hasta lo más hondo. ¡Qué peste, por Dios!. Todo el coche olía a podrido. Y entonces caí. La tarde anterior había dejado la bolsa de basura en el maletero con la idea de tirarla al contenedor… Y allí continuaba. Además, y pese a ser octubre, la mañana había sido calurosa y aquello se había recalentado, incluso hervido a pleno sol. Miré el reloj. Quedaban quince minutos para recogerla. Saqué la bolsa, que por cierto estaba agujereada y chorreaba un extraño líquido pastoso, abrí las ventanillas y accioné el ventilador del coche. Ni por esas. Volví a casa en busca de un ambientador. Pero la mezcla de olor a pino con el de cáscaras de plátano, espaguetis y las sobras de las sardinas era aún peor. Faltaban cinco minutos y arranqué. A ver si a gran velocidad y con las ventanillas abiertas se iba el olor. Nada. Noté que la gente me miraba con asco cuando me paraba en los semáforos. Llegué quince minutos tarde. Allí estaba. Preciosa, radiante. Y yo, sudando, con el pelo revuelto de la ventolera que había entrado en el coche con las ventanillas abiertas y con cara de circunstancias. ¿Qué te pasa?. Me dijo. No hizo falta responderle. Sus ojos abiertos y su cara de asco lo decían todo. Pese a todo, entró. Me justifiqué diciéndole que si antes olía peor, que si el Ayuntamiento había puesto el contenedor muy lejos de casa y… No habló.

En el restaurante el camarero nos sirvió con gesto constreñido, como aguantando la respiración, mientras los clientes olisqueaban girando la cabeza en busca del foco del mal olor. Ella, con la cabeza gacha, se limitó a hablar poco y responder con monosílabos. Un sospechoso dolor de cabeza fue la excusa para marcharse antes del postre. ¿Te llevo?. ¡No!, dijo ella. Mejor cojo un taxi. Tardé dos semanas en ir a la Facultad de la vergüenza que tenía. Un hola y adiós fue lo único que conseguí de la chica de los ojos color miel. Eso y una fama de guarro que me duró todo el curso.

jueves 17 de noviembre de 2011

AJO, BERZA Y CHICHARRONES

(Artículo publicado en Viva Jerez el 17/11/2011)

Es la guerra. La guerra a la grasa, a los dulces, a los chicharrones y a la berza. La moda es estar delgado, a veces extremadamente delgado, para cumplir los cánones que nos impone la televisión, el papel cuché o la cadena de grandes almacenes tal o cual. Están demostradas las ventajas de mantener una dieta sana, equilibrada, mediterránea donde no falte el ejercicio físico y en la que no se abuse de nada. Pero de ahí a pensar que la belleza está en chicos o chicas que no se les ve cuando se ponen de perfil, que te recuerdan a los niños de Biafra y te dan ganas de darle 2 euros para que coman algo sólido, pues ¿Qué quieren que les diga? Va un abismo. En la retina de todos están esas chicas de la pasarela Cibeles, que afortunadamente ya no desfilan pero que nos asombraban por estar casi esqueléticas.

A esas las invitaba a un potaje de garbanzos, de esos que hace mi tía Charo, con su pringá, mucho tocino, morcilla y choricito, su pan de la Venta Las Cuevas y vamos que nos vamos que esto no será ná. Todo ello aderezado con un par de jarras de mosto de Trebujena, unas olivitas y un platito de rábanos de los que pican y de postre un buen trozo de tarta de chocolate con galletas María de las grandes impregnadas en crema. Después una buena siesta, de dos horas, con pijama, móvil apagado y salivilla cayendo por la comisura de los labios… y, les aseguro que una semana, no las reconocerían ni la madre que las... trajo al mundo. En el otro extremo están los obesos, los gordos. Esos que no pueden parar de comer o bien que el metabolismo les ha jugado una mala pasada y, además, creen que ya no hay vuelta atrás. Comen a todas horas, sin medida, para después sentirse culpables del crimen cometido y hacer un examen de conciencia para un futuro, al final, nunca se cumple. Son esos que siempre se engañan a sí mismos diciendo que, para primeros de año -esta vez sí- empiezo la dieta y voy al gimnasio y adelgazo... Está claro que tampoco es ese el camino ya que la salud después se resiente. Ahora que se acerca la Navidad, que la tentación nos acecha en cada mesa, y que las fiestas vienen cargadas de polvorones, pestiños, mantecados y roscos de vino, les sugiero moderación alternando los excesos con los rigores de nuestra dieta mediterránea.

Y si quieren ir con la familia este domingo a una venta a tomar una buena berza, unos chicharrones o un ajo caliente... ¡Adelante!. No se priven, que la vida son cuatro días y uno lo pasamos durmiendo. Eso sí, al día siguiente para almorzar se meten entre pecho y espalda una ensalada con todos sus avíos, dos vasos de agua, un par de mandarinas de postre y después una buena caminata por la Ronda del Colesterol hasta que suden la grasa de los chicharrones y la berza… Yo, por mi parte, mañana me voy a una viña con mis colegas a tomar mosto. Y el lunes, al gimnasio. Ya saben… una de cal y otra…

miércoles 9 de noviembre de 2011

JALOWIN

(Artículo publicado en Viva Jerez el 10/11/2011)

Noche del 31 de octubre pasado. Vuelvo del trabajo y, en el camino a casa, observo atónito a varios grupos de chicas y chicos disfrazados de brujas, momias, de muertos vivientes vertiendo sangre por la boca... ¡Qué mal rollo, por Dios!. Es Jalowin (me niego a escribirlo en inglés, ¡ea!). Se trata ésta de una más de tantas otras fiestas “importadas” de fuera y que algunos, con gran éxito por cierto, decidieron algún día introducir con calzador como si fuera la más antigua de nuestras tradiciones. Porque estoy seguro que muchos de esos padres que visten a sus hijos de tal guisa desconocen el sentido de esa fiesta anglosajona. Ni que decir tiene que ni los críos saben porqué van así, y que muchos lo confunden con el Carnaval.

Permítanme bucear en la historia. El origen se produce con la conversión de los pueblos paganos al cristianismo. Ellos se negaban a abandonar sus fiestas y ritos paganos celebrados desde tiempos ancestrales, como el Samhain, celebración celta que coincidía con estas fechas. Cuando los cristianos tocaron tierras celtas, pensaron que esta fiesta era un culto a Satanás. Para convencerlos, el cristianismo adoptó el festival y lo convirtió en la conmemoración de la víspera del día de todos los santos o “All hallow's eve”, frase de la que surgió el nombre de Halloween (¡Vaya, ya lo escribí en inglés… cachis!). Los colonizadores irlandeses llevaron esta tradición a Estados Unidos y fue en la década de los ochenta del siglo XX cuando se internacionalizó, siendo la que más dinero genera, después de la Navidad. Pero estamos en España, donde estas fechas tienen un significado endémico. La festividad de Todos los Santos representa, culturalmente, la preparación para una nueva estación, el invierno, en el que la Naturaleza entra en letargo, en un tipo de muerte aparente. En nuestro país, este día es de obligado recuerdo para con nuestros difuntos, a los seres queridos que ya no se encuentran con nosotros. Pero la aldea global en la que estamos inmersos nos ha obligado a comulgar con esta fiesta, con calabazas recortadas (¡Uy qué miedo!) y el “truco o trato” inclusive. Los jóvenes no tienen la culpa. Una fiesta más, disfraces, risas y diversión, ja, ja, ja.

Pero no. No me gusta. Me da lástima esquilmar nuestras raíces. Y es ahora, cuando se acerca la Navidad, cuando pienso en que esa maldita globalización ha llegado también a estas fiestas, con el gordo Papa Noel colgado de las ventanas, Santa Claus con el trineo por la calle Larga y el árbol de Navidad con sus lucecitas de colores. Nada de esto nos pertenece. El nacimiento, el belén sí que forma parte de nosotros. Yo, por mi parte, se lo explicaré a mi hijo, para que no olvide dónde nació y cuáles son sus tradiciones. Y es que, como sigamos así, cualquier día celebraremos el 4 de julio cantando el barra y estrellas. Eso sí que me da miedo, y no los que vi la noche del 31 vagando por esta ciudad de la baja Andalucía.

viernes 28 de octubre de 2011

DEPRISA, DEPRISA

(Artículo publicado en Viva Jerez el 27/10/2011)

Sigo sin comprender la causa por la que se hace patente la denominada Ley de Murphy cuando menos interés tenemos en que aparezca. El caso que le cuento es reflejo de cómo esta norma no escrita puede llegar a alterar nuestra razón hasta límites que rozan la locura. Fue este lunes. Debía acudir a una cita muy importante (de las que no aceptan segunda convocatoria) a las 7,30 de la tarde. Afortunadamente –pensé- tenemos una ciudad accesible que nos posibilita cruzarla en coche, de norte a sur, en 15 minutos. Pese a todo, salí de casa más de media hora antes. Y la primera en la frente. Un coche aparcado en segunda fila justamente a la altura del mío. Toqué el claxon una y otra vez hasta que, tras 5 minutos de espera apareció un señor de andar despreocupado y sin aparente prisa que, encima, recriminó mi nerviosismo. Respiré hondo, me callé y tragué saliva.

Por fin arranqué y salí de allí. Miré la hora. Me sobra tiempo, pensé. Al final de la calle me encuentro con una avenida y, delante, un coche de autoescuela. Me armé de paciencia. 4 minutos esperando a que el conductor (seguro que era su primera clase práctica) decidiera incorporarse a la avenida. Tras varios amagos, se decide y cuando giro, el semáforo se torna rojo. 1 minuto después, ya en verde, acelero y al poco otro semáforo en rojo. Y así hasta en cuatro ocasiones. ¿Qué pasa, que al Ayuntamiento le sale más barata la bombillita roja que la verde?. ¡Qué sincronización!. Para colmo, a la mitad de la avenida debo parar porque un colegio en excursión por el centro, y con la profesora al frente, está cruzando por el paso de cebra a paso de tortuga. Empecé a ponerme nervioso. Eran las 7,35. La impaciencia crecía. Nada más podía ocurrirme, pensé. Me equivocaba. Al intentar atajar por una calle de única dirección, el coche de delante se detiene. De él sale una pareja que, sin mediar palabra, abre el capó y comienza a descargar toda la compra del mes. Y como ya no dan bolsas en el Carrefour, pues ¡ala! el marido con la caja de leche en una mano y en la otra la lata de tomate y el paquete de arroz. Y la mujer, con dos bolsas de patatas fritas en una y con los yogures en la otra. Y vuelta a empezar.

Ya son las 7.45 y aún estoy a la mitad del trayecto. Comienza el tic de mi ojo derecho. Por fin terminan y arranco de nuevo. Suena el teléfono y lo cojo. ¿Sí dígame?. ¡Estoy aparcando, le mentí. En dos minutos estoy ahí!. En ese momento un policía local me hace señas para que me detenga. ¡Le tengo que multar por hablar por teléfono!. ¡Aparque en el arcén y espere a que llame a un compañero porque me he quedado sin impresos para la multa!. Vuelve a sonar el teléfono. Ya no lo cojo… ¡Maldito Murphy!.