miércoles, 11 de enero de 2017

ESOS CUMPLEAÑOS



(Artículo publicado en Viva Jerez el 12.1.2017)
Aún recuerdo cuando cumplí 10 años. Mis abuelos a un lado, cuatro primos y dos titos a otro y en frente mis padres. Yo en el centro, junto a una gran tarta con diez velitas que apagué emocionado mientras mi padre me hacía una foto. Aplausos y todos a cantar el “feliz, feliz en tu día” de Gaby, Fofó y Miliqui. Sobre la mesa, para los niños, Mirinda y chocolate con galletas María; para los mayores, una botella de Soberano y otra de Anís del Mono. Unos Juegos Reunidos Geyper, un estuche de rotuladores carioca y un balón de reglamento fueron mis regalos. Ese rito se repetía en mi casa cada dos de noviembre, con los mismos protagonistas (supongo que también en las casas de los que hoy peinan alguna cana). 

Pero hoy, las cosas han cambiado. Hoy mi hijo y sus amigos del colegio celebran los cumpleaños en locales con castillos hinchables, camas elásticas, animadoras infantiles, pistolas láser…además de la tarta y los sandwichs. Ya no hay Soberano, ni Anís del Mono, ni chocolate con galletas, ni abuelitos, titos o primos. Y los padres nos limitamos a recibir a los otros padres y esperar dos horas para abrir la cartera y pagar el festejo. ¡Que esa es otra! El último cumpleaños de mi hijo fue un peregrinar por una decena de locales en busca de un buen precio y ninguno bajaba de los 12 euros por barba. El mínimo que te piden es 10 niños, por lo que la fiesta, en el mejor de los casos, sale 120 euros. Si sumamos el café y copas que invitas a los padres que se quedan, las invitaciones y el regalo que le haces a tu hijo, los 60 euros no te los quita nadie. Ya estamos en 180. Pero aquí no acaba todo. Esos mismos amiguitos invitarán a tu hijo a sus cumpleaños en locales parecidos, con lo cual debes contar con un mínimo de 10 regalos al año… suma y sigue. Pero puede ser peor. Como te pille en época de primeras comuniones… No hay cartera que lo soporte. Y no hagas la fiesta en casa. Yo la celebré un día y se acabó. ¿Se imaginan a diez niños, dos horas, con los vasos de cocacola gritando por los pasillos, con platos de tarta hasta debajo del sofá, corriendo de la cocina al cuarto de tu hijo y de éste al sofá del salón para jugar a la Play, mientras otros dos investigan en todas las cajoneras de la casa y otro bate records en la PSP? Y todos gritando, sin hacerte caso. Desquiciante, oigan. 

Ese día se me ocurrió invitar a los abuelitos. Los encontré una hora más tarde asustados en un rincón del salón, farfullando que cualquier tiempo pasado fue mejor. Mi hijo ni siquiera se había enterado que estaban allí, agazapados en un rincón, con su copa de Soberano y de Anís del Mono y junto a su regalo: una caja de Juegos Reunidos Geyper que mi hijo había mirado con indiferencia preguntando si llevaba pilas y si se podía jugar en red mientras buscaba en el lateral de la caja dónde narices tenía la conexión USB.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

VILLALUENGA

(Artículo publicado en Viva Jerez el 17.11.2016)

A las cinco todo recogido y para el pueblo, que es viernes y me espera un fin de semana en Villaluenga del Rosario de descanso, lectura, chimenea y paseos por la Ruta del Republicano… Eso es lo que siempre digo pero después la realidad es otra… En fin que les cuento. Llego, y después de aparcar el coche frente a las casas de Antonio el Municipal, a coger los tiestos y subir la cuesta. Empiezo decidido pero a los tres metros ya se ve me la lengua fuera y jadeando. En ese momento, Cristóbal que alzando el bastón me da las buenas tardes mientras me adelanta por la derecha (tiene 91 años). Casi no puedo responderle, asfixiado. Dejo las cosas y para la Alameda. En el camino me encuentro a Jesús y a su mujer Hetepheres. Esteban, que tenemos pendiente la copita de brandy en mi casa. Es cierto, amigo. Te llamo mañana y quedamos. 


Ya en la plaza, coincido con Alfonso Moscoso, el alcalde ¿Una cervecita en lo de Antonio? En fin, hay que hacerle caso a la autoridad. Ya en la barra, Salva “El Españita” que, antes de que el vaso vea fondo, me pone otro. Que no le falte de ná al jerezano ¿Un dominó? Flores y tu contra Ruano y yo; jerezanos contra payoyos. Venga. El pito doble, paso que no llevo, cerrojazo y pierdo. Me toca invitar las tres cañas que pedimos por cabeza. Va haciendo fresquito. Me voy a La Velada. En el camino, Virgilio el hijo de Clotet que me para ¿Copita de Alfonso en el Hotel? No voy a hacerle el feo, así que cuesta arriba para La Posada. En la puerta, Ignacio el farmacéutico ¿Te apuntas? Le digo. Bueno ya me iba, pero en fin, me apunto. Unas risas, Berna trae unos altramuces y pégale una pataíta al olivo. Media hora más tarde, llego a La Velada. Hola Juana, como están los niños. Hola Paco, qué tal la pierna. Ponme una cañita y ese semicurado tuyo que está de lujo. En estas que veo aparecer al doctor Quique Guillén y a Ana ¿Cuándo habéis venido? Hace una hora. Nos quedamos hasta el domingo. Un par de chistes, que tal la semana… Para rematar la faena, entra por la puerta mi amigo Pepe el cocinero, su mujer Concha, Cándido y Manolo “El Venencia”. La empatamos, me digo. De aquí no salgo hasta las tantas. Y efectivamente. Que si otra cervecita, que si unas albóndigas… 


Son las once. ¡Hasta mañana familia! Camino de vuelta y al pasar por lo de Juan y Mara, el de Valladolid que me pega una voz. Esteban ¿Un gin tonic en La Espuela? De perdidos al rio, me digo. Un futbolín, dos copas largas cada uno y a las doce para casita. En ese momento, un mensaje al whatsapp del grupo de jerezanos “Villaluenga de la Frontera”. Es mi colega Mauri ¡Quillo, para mañana barbacoa en Los Alamillos! Vamos todos., Mucha carne, quesito payoyo, cerveza, tintito y vamos que nos vamos! Cristina llevará unas sardinitas que ha comprado en la plaza. No puedes faltar. Compra pan y unos dulces en lo de Pepi y tráete ese whisky que tú tienes, que yo pongo la cocacola. Y pienso ¿Lectura, descanso, senderismo? Al menos me queda la chimenea, que ya va haciendo fresquito…



miércoles, 9 de noviembre de 2016

YO CONFIESO

(Artículo publicado en Viva Jerez el 10/11/2016)
Si. Lo confieso. Me ha costado mucho, pero al fin me atrevo públicamente a confesarlo. Creo que debo asumir una realidad que, inexorablemente, me persigue sin que pueda hacer nada por evitarlo. Es superior a mis fuerzas. Algo que me supera. Una y otra vez, y casi a hurtadillas, caigo en ese impulso irrefrenable a sabiendas que, a la postre, me producirá desazón y angustia por haber sucumbido a la tentación. Pero no puedo remediarlo. El sentimiento de culpa me persigue antes y después de la ingesta de esos productos. Mi cuerpo y mi mente me dicen que pare, que no es bueno para mi salud, pero el diablillo que habita sobre mi hombro izquierdo me susurra al oído “cómpralos, tómatelos, no seas tonto, para tres cochinos días que vamos a vivir…” 

Los adquiero los fines de semana. Intento que nadie que me vea ¡Qué pensaría la gente si lo supiera! Los introduzco en una bolsita y, escondido en la chaqueta, los llevo a mi casa. Entro sigilosamente y, sin que nadie se percate, los guardo en el rincón más oculto. En un lugar alto, inaccesible para los niños. Cuando nadie me ve, cuando todos duermen plácidamente, cuando la luna oculta con su sombra la luz de mi pecado, me transformo cual Doctor Jekyll en un auténtico Mister Hyde, y comienzo mi ritual. Todo empieza cuando tomo la bolsita y la miro con inusitada exaltación. Todo el cuerpo tiembla pensado en el efecto que se avecina. Con un ritual casi medido me siento en el sofá. Miro a mi alrededor. Pienso en lo que me espera y una sensación de bienestar, de pasmoso regocijo recorre mi cuerpo. Entonces lo abro. El olor que desprende me embriaga. Cierro los ojos y, tras unos segundos, los vuelvo a abrir. Vuelvo a mirar a diestro y siniestro ante la posibilidad de que alguien pueda verme. Y entonces me llevo uno de ellos a la boca. El paladar comienza a sentir múltiples sensaciones. Los muerdo, los saboreo una y otra vez. Son de todos los colores, sabores y texturas. 

Pero tienen algo en común que los hacen irresistibles. Respiro hondamente y vuelvo al festín. Finalmente, veo el fondo de la bolsita. Curiosamente, el último es el que sabe mejor. Me chupo los dedos y vuelve a aparecer el sentimiento de culpa. Pero, que me quiten lo bailao. Mañana comenzaré el régimen… Sí, lo reconozco. Lo confieso públicamente. Tengo una adicción irrefrenable a consumir… ¡Chucherías, golosinas, regalís, gominolas, frutos secos...! No lo hago habitualmente ¡No se vayan a creer! Pero cuando lo hago, la culpa me persigue. Ahora bajo la cabeza y entorno los ojos ante ustedes. No se lo digan a nadie y, por favor, no me lo refieran cuando me vean por la calle. Se me caería la cara de vergüenza. Ahora les dejo. Es jueves, mañana viernes, se acerca el fin de semana y alguien me susurra en el oído izquierdo…

jueves, 27 de octubre de 2016

JALOWIN

(Artículo publicado en Viva Jerez el 27/10/2016)
Monstruos, zombies, muertos vivientes, manos amputadas, tumbas abiertas, calabazas con luces,
sangre y más sangre… ¡Uh, qué miedo, por Dios, oh! No. No puedo. Lo siento, pero no trago, no lo acepto, no comulgo con lo que pasará la próxima noche de Jalowin. Probablemente porque éste que ya peina alguna que otra cana ha “mamado” otras costumbres más nuestras ligadas al día de Todos los Santos. Porque este “Jalowin” (lo escribo así a conciencia) es una más de tantas otras fiestas “importadas de allende los mares” que alguien, con gran éxito por cierto, decidió algún día introducir con calzador en nuestra tradición. Porque reconocerán conmigo en que muchos de los padres que esa noche vestirán a sus hijos de tal guisa desconocen el sentido real de esa fiesta.

Voy, si les parece, a bucear un poco en la historia. El origen de todo esto se produce con la conversión de los pueblos paganos al cristianismo. Ellos se negaban a abandonar sus fiestas y ritos paganos celebrados desde tiempos ancestrales, como el Samhain, celebración realizada por los celtas que coincidía con estas fechas. Cuando los cristianos tocaron tierras celtas, pensaron que esta fiesta era un culto a Satanás. Para convencerlos de abandonar esta creencia, el cristianismo adoptó el festival y lo convirtió en la conmemoración de la víspera del día de todos los santos o “all hallow's eve”, frase en inglés de la cual surgió el nombre de Halloween. Los colonizadores irlandeses llevaron esta tradición a Estados Unidos y fue en el siglo XX cuando se internacionalizó esta fiesta anglosajona retocada y reconvertida, a partir de la década de los ochenta, siendo la que más dinero genera, después de Navidad. 

Pero estamos en España, donde estas fechas tienen un significado endémico. La festividad de Todos los Santos representa, culturalmente, la preparación para una nueva estación, el invierno, en que la naturaleza entra en letargo, en un tipo de muerte aparente. En nuestro país, este día es de recuerdo para con nuestros seres queridos que ya no se encuentran con nosotros, día para visitar el cementerio y recordar a nuestros difuntos con flores, para comer en familia y en Jerez para tomar los famosos “Tosantos”. Pero la aldea global en la que estamos inmersos, esa misma que nos ha traído la Cocacola y la comida basura, el gordo Santa Claus también llamado Papá Noel o el árbol de Navidad, nos ha impuesto esta fiesta llevándola a nuestro propio portal, con calabazas recortadas y escolares vestidos de negro con disfraces de bruja o de momia que repiten el mismo mantra “truco o trato” que vaya usted a saber a qué viene esa chorrada. No me gusta. No lo acepto. Y además, me da lástima de cómo esquilmamos nuestras raíces, nuestras costumbres más arraigadas. Pero me tengo que aguantar. Eso sí, tengo y lo ejerzo, el derecho al pataleo.


miércoles, 6 de julio de 2016

MALDICIÓN GITANA

(Artículo publicado en Viva Jerez el 7/7/2016)¿Han estado en Córdoba a 45 grados? ¿Han padecido los rigores del verano más tórrido paseando por la Judería? Si han vivido esa experiencia para ustedes se queda. Si no, esperen que ahora les cuento mi periplo cordobés de este finde. La primera en la frente… Bajo del coche, después de dar más vueltas que una peonza en una lavadora, y sentí como si alguien me abofeteara en la cara con la mano abierta ¡Qué calor, por Dios! Oiga ¿La plaza Tellerías? ¡Ofú, chiquillo, no está lejos ni ná. Tó seguío palante y la encuentras! Me dijo una gitana ¡Te va a jartá de pasá caló! ¡Por cierto, dame algo moreno! No tengo ni un duro, le dije. ¡Pues te echo una maldición! Sonreí ¿Quién cree hoy en las maldiciones gitanas? Diez minutos andando, a las 3 de la tarde por el centro de Córdoba, y ríete tú de las dietas milagro de adelgazamiento. Al poco ya tenía la boca abierta, los ojos entornados, jadeaba como los perros y arrastraba los pies dejando, a mi paso, un reguero de sudor. Ni un taxi que me rescatara del infierno. Ni un chino abierto para comprar una botella de agua. Es verdad que en Córdoba hay fuentes, pero el agua hierve tanto que debe salir directamente del centro de la tierra. Por fin encontré una sombrita bajo un árbol donde tuve que hacerme sitio junto a una pareja de japoneses con su cámara al hombro (creo que es un apéndice, una prolongación de su cuerpo con el que nacen). Aproveché para escurrir la camiseta y coger fuerzas. 

Me envalentoné y volví a la senda de lava hirviendo en que se había convertido a esa hora la calle. Hubiera dado mi vida por una gorra o vendido mi alma por una Mirinda fresquita. Miré a mi alrededor. Creo que me he perdido. En fin, para eso está el GPS del móvil. Metí la mano en el bolsillo para cogerlo y ¡Ahhhh! Me costó volver a dejarlo en su sitio porque quemaba tanto que se me quedó pegado como una calcomanía (aún me aparece en la palma de la mano el anagrama de Samsung). De repente, como en cámara lenta, se paró junto a mí en un semáforo un BMW blanco con una rubia espectacular en su interior (tipo sueca, vamos). Su pelo ondeaba recibiendo el frío aire acondicionado mientras abría una helada lata de Cruzcampo con su punto azul brillante. Le dio un sorbo y giró la cabeza. Me sonrió, abrió la ventanilla y acercándome la cerveza me dijo ¿Quieres una? Sube y te llevo a donde quieras… Vi el cielo abierto. Creí en Dios, en el Dalai Lama, en Elvis y en todos los dioses del Olimpo juntos. 

Saqué pecho, encogí la barriga, puse la mejor de mis sonrisas y… de repente, me adelantó por la derecha un moreno cordobés de metro noventa, delgado, cachas y con una sonrisa perfecta, de esas de anuncio de dentífrico. En fin que, visto lo visto, bajé la cabeza buscando un boquete para meterla y disimulé como pude mientras observaba por el rabillo del ojo al moreno y a la rubia tomándose unas cervezas mientras el BMW se perdía por la plaza… Comprendí entonces que la culpa de que la rubia se fuera con el cachas en vez de conmigo era de la maldición gitana. Si no, de cómo y de qué se iba a ir con “ese”. No sé qué tenía él que no tuviera yo.