miércoles, 6 de noviembre de 2013

UNA EXPERIENCIA SOBRENATURAL


(Artículo publicado el 7/11/2013 en Viva Jerez)
El pasado fin de semana viví una experiencia sobrenatural, inaudita, escalofriante... Tres días de vacío, de incomunicación. De pálpitos, mirada perdida y sudores fríos. Una ansiedad que crecía a medida que pasaban las horas en la casa de campo en la que nos quedamos el puente de Todos los Santos, junto a tres parejas más y los niños. Un oasis entre Algodonales y La Muela, rodeado de montañas, ganado vacuno, olivos y parapentistas que poblaban el cielo. Un paraíso para descansar. Hasta aquí, todo bien. Lo realmente escalofriante es que ¡No había electricidad ni cobertura de móvil! Sí, como lo oyen. Supongo habrán lanzado un terrorífico grito al pensar en esta situación. Pero juro que así fue. Nada hacía suponer el viernes, cuando llegamos, lo que estaba a punto de suceder. Cervecitas, choricito picante y queso de cabrales, pan de la venta Las Cuevas y un guiso de papas con chocos que daba gloria verlo. Cafetito, cubatitas, animada charla, qué bonito el paisaje... Hasta que anocheció. 

Y aquí comienza el relato más terrorífico de cuantos habrán oído nunca. Sin luz, sin electricidad para cargar unos móviles que a estas alturas comprobamos que no tenían ni una rayita de cobertura, deambulábamos con velas como almas en pena entrando y saliendo de la casa. Aislados del mundo, sin noticias del exterior, sin televisor ni vídeo, sin Facebook ni Twitter, sin Smartphone ni Ipad, sin Play ni Nintendo para los niños. Supongo que estarán aterrados al imaginar esta situación ¿no? ¡Pues es verdad!. Algunos hacían malabarismos con el móvil buscando cobertura. Otros intentaban recordar cómo se jugaba al parchís, un juego primitivo que se popularizó a mediados del pasado siglo y que alguien encontró en un cajón. Los niños, babeando, con la mirada perdida y encerrados en una habitación, repetían el mismo mantra una y otra vez: “Nos aburrimos, nos aburrimos”. Al no haber nevera, alguien trajo una extraña barra helada que al introducirla en un barreño ¡enfriaba la bebida y duraba varios días! Incluso debíamos verter agua en el retrete porque no había acometida. Yo intenté averiguar el mecanismo de un aparato con tulipa llamado quinqué. Pero no tuve éxito. ¡Alguien dijo que así vivían nuestros abuelos, pero nadie le creyó ¿Cómo podría nadie vivir así? 

Al día siguiente, el sol nos dio un respiro pero solo pensar que pasaríamos dos días más en aquel lugar nos hundía en la miseria. Ni el multicolor desfile de parapentes sobre nuestras cabezas, ni el bucólico paisaje que se presentaba ante nosotros consiguieron aliviar la incomunicada realidad que padecíamos. Por fin, el domingo por la tarde, sin color en los rostros, serios, apocados y alicaídos, regresamos a la civilización. 15 llamadas perdidas en el móvil, 23 mensajes en Facebook.  Encendí todas las luces, abracé el portátil y besé mi pantalla de plasma. Mi hijo encendió la Play, la Wii y mandó 25 whatsapp a los amigos. Han pasado tres días y aún, al recordarlo, se me ponen los pelos como escarpias... 

1 comentario:

  1. Un gran acierto literario incluir dentro de una historia el sarcasmo y la ironía sobre el estrés que sufrimos y el abuso de los adelantos tecnológicos a la hora del asueto y la diversión, creando al mismo tiempo añoranza de épocas pasadas.

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