miércoles, 23 de junio de 2010

EL CAJERO

(Artículo publicado en Viva Jerez el24/6/2010)

Mediodía de un tórrido viernes de agosto. En la plaza del Arenal, el termómetro marca ya los 41 grados. Un grupo de japoneses, ajeno al calor y con sus inseparables cámaras en mano, hace fotos a Primo de Rivera, al edificio de Urbanismo, al Señor de la Puerta Real y todo lo que se menea. Cuarenta metros más abajo, en la Corredera, estoy yo. En el bar Entrevinos tomándome una cerveza muy fría con unos amiguetes y con el aire acondicionado al máximo. No se está mal, pero ya alguno ha mirado la hora y en breve nos iremos a casa. Recuerdo que hoy me toca acoquinar la ronda y previéndolo, me giro disimuladamente y saco la cartera en busca de algún billete que mostrar orgulloso al camarero. Pero nada. Telarañas. Debo actuar rápido para que nadie note mi descuido, así que salgo del local con la excusa de llamar por teléfono, pero con la intención de buscar el cajero más próximo.


Un bofetón de calor me recibe en la calle mientras me dirijo a uno de la Corredera. Saco la tarjeta y en la pantallita leo: “No podemos atenderle por razones técnicas transitorias”. Vuelvo sobre mis pasos y camino hacia la plaza del Arenal. El otro cajero está ocupado por un señor de mediana edad. Me sitúo detrás, a pleno sol. El termómetro marca 43 grados. Las cervecitas empiezan a hacer efecto y miro el reloj. Han pasado 5 minutos y ahí sigue el señor, pidiendo extractos, recargando el móvil, sacando dinero, actualizando la cartilla y vaya usted a saber qué operaciones más. Empiezo a desesperarme. Por fin acaba y girándose me dice el señor; “No da dinero, sólo se puede ver el extracto”. Cierro los ojos y me seco el sudor. Voy ahora a la calle Larga. Me encuentro a los japoneses, más encogidos si cabe por el calor, inmortalizando el Gallo Azul. Suena el teléfono. Son mis colegas diciéndome que se marchan. “Tomaros otra ronda, que yo la pago. Ahora voy”.


Suspiro hondo mientras vuelvo a sacar la tarjeta y... “El cajero está en reactivación. Espere unos minutos”. Me armo de paciencia. El mismo mensaje una y otra vez. Observo un cajero de otro banco que no es el mío. Me cobrarán gastos, pero qué se le va a hacer. Parece que este sí funciona. Meto la tarjeta. Pido 40 euros y... nada de nada. Se queda colgado mientras yo espero. A los 10 minutos, se arregla pero sin noticias del dinero ni de la tarjeta. Se la ha tragado. Estoy empapado en sudor. En ese momento, se acerca uno de los japoneses y me pide que le haga una foto al grupo. Vuelve a sonar el teléfono. Son mis amigos otra vez. El sol me quema el cogote. No puedo más. Miro al cielo mientras me acuerdo de la familia del Señor Murphy y en la ley que un día inventó.

miércoles, 16 de junio de 2010

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES

(Artículo publicado en Viva Jerez el 17/6/2010)
Fue a finales del siglo XV. El dominico Girolamo Savonarola, vestido con andrajos y con una cruz entre sus manos, predicaba en Florencia contra la inmoralidad y la corrupción de laicos y eclesiásticos. El 7 de febrero de 1497, martes de carnaval, levantó en una plaza la célebre Hoguera de las Vanidades, en la que instó al pueblo a quemar todo cuanto les podía proporcionar ocio y placer. Esta destrucción tenía como objeto la eliminación de aquello que se consideraba pecaminoso, incluyendo objetos de vanidad como espejos, maquillajes, vestidos refinados, incluso instrumentos musicales. También tenía como objetivo los libros inmorales, manuscritos con canciones seculares y cuadros, así como pinturas originales sobre temas mitológicos clásicos realizados por Sandro Botticelli, puestas por él mismo en la hoguera. Los registros dicen que la pirámide de fuego tenía veinte metros de alto y que su base mostraba un perímetro de noventa.

En nuestros días, el discurso sobre la Hoguera de las Vanidades se ha reactualizado aludiendo a la frivolidad, al consumismo, a la especulación y despilfarro de ciertos sectores de la sociedad. Hace seis siglos, la vanidad surgía directamente de la Iglesia y más en concreto de las orgías protagonizadas por el papa Borgia Alejandro VI. Hoy, la vanidad la interpreta cierta clase política, financiera, económica y social que, presa de una insaciable gula de dinero y poder, ha engordado el becerro de oro hasta que éste ha reventado en mil pedazos. Y la globalización ha hecho el resto. El pozo económico, la crisis global en la que ahora estamos sumidos es fruto de una vanidad que, en parte, todos hemos ayudado a engordar. Ahora, los grandes mandamases del poder nos proponen encender una hoguera en la plaza de cada ciudad y arrojar a ella parte de nuestras vanidades. Parte de nuestro sueldo, de nuestro bienestar, de nuestro modus vivendi.

Pero en este fuego fatuo también caben otras vanidades más privadas: la ostentación y la pedantería de tener más que el vecino; el vivir en definitiva por encima de nuestras posibilidades. Y ese es un ejercicio individual. Ningún gobierno tiene capacidad para obligarnos a despojarnos de esas mochilas de humo. Somos nosotros, cada uno de nosotros, los que debemos deshacernos de esa carga de vanidad y presunción arrojándola directamente a la hoguera más cercana y observando a continuación cómo ésta la convierte en cenizas.

jueves, 10 de junio de 2010

LA DICTADURA DE LA BELLEZA


(Artículo publicado en Viva Jerez el 10/6/2010)

Cada vez estoy más convencido de que la belleza, ese preludio hechicero del amor, depende de nuestra mirada. Aunque a los marchantes de la moda y a los teóricos de la horterada les convenga afirmar que la belleza se establece según cánones artificiosos, lo cierto es que en cada época han convivido infinidad de cánones dispares cuya vigencia no se extendía más allá de la mirada de un hombre que se posaba sobre una mujer para encumbrarla con su devoción. Rubens, a través de su mirada más flamenca y barroca, supo hacer bellas a las celulíticas más orondas. Murillo convirtió en vírgenes a las cantineras con las que se tropezaba en los tugurios más íntimos de Sevilla. Y como éstos podría poner otros ejemplos.

No hay amor sin una mirada previa que nos configure a la medida exacta de los anhelos ajenos, del mismo modo que no hay belleza en términos absolutos, sino que la belleza, para existir, requiere de unos ojos que chispeen ante su presencia. Y es que vivimos en una sociedad obsesionada por la juventud y la belleza. Las revistas femeninas ignoran a las mayores de cincuenta años. Tratan de evitar sus fotografías, y cuando no les queda más remedio que mostrar a famosas de cierta edad, acuden prestas a la magia del Photoshop. En cuanto a las presentadoras y periodistas que salen en la pequeña pantalla, o bien son jóvenes, o aparecen caricaturizadas o bien se intenta que no aparenten su edad. El mensaje es obvio: las mujeres más representativas de nuestra sociedad pueden ser visibles en tanto sean bellas (según el canon vigente) y jóvenes (o lo aparenten), aun cuando trabajen mal. Y qué decir de nosotros. Ya no se lleva eso de comparar la hermosura del oso con el hombre. La dictadura de la belleza también nos ha invadido y ahora el canon de la perfección pasa por músculos marcados, tabletas de chocolate en el vientre y torsos depilados. Pero he de reconocer que en el caso de los hombres se hace más la vista gorda y, en muchos casos, aún sigue perdonando la barriguita de los cuarentones como elemento inherente a la condición masculina.

En cualquier caso, quiero pensar que esta dictadura insensata de la belleza remitirá pronto. Es por ello que considero que no lograremos despojarnos de nuestros complejos hasta que no aceptemos que tenemos que gustar al otro; no a cualquier otro, sino a ése que un día elegimos para que nos mejore con su mirada al margen de los cánones impuestos; a ése que nos complementa con su presencia, a ése que elegimos para que fuera el espejo en el que poder contemplarnos sin tapujos, con nuestro equipaje de años, arrugas y adiposidades.

jueves, 3 de junio de 2010

RENGLONES TORCIDOS

(Articulo publicado en Viva Jerez el 3/6/10)

El próximo 15 de junio se celebran 33 años de las primeras elecciones democráticas en nuestro país tras cerca de cuarenta de dictadura franquista. Fue en 1977. Ese día, los españoles tuvimos la oportunidad de expresarnos libremente en las urnas, de elegir a nuestros representantes públicos en el Congreso de los Diputados en plena libertad, sin censuras. No voy a hablar de los años vividos desde entonces, con sus luces y sus sombras. Considero que lo importante de este periodo ha sido la convicción mayoritaria de haber alcanzado una conciencia democrática que nos ha hecho superar los miedos y las sombras del pasado, a la vez que ser más libres, pese a los que se empeñan en recuperar el mito machadiano de las dos Españas.

Pero hoy, en este artículo, quisiera acordarme de esos personajes públicos y anónimos que propiciaron la llegada de la Democracia. Hombres y mujeres que en la clandestinidad lucharon por mantener ese halo de esperanza en una sociedad marchita y anquilosada. Héroes que engrosaban listas negras, participaban en mítines y reuniones ilegales y que pasaron en más de una ocasión por la cárcel y por la represión más cruel. Esos rojos (todos los contrarios al régimen impuesto por el general de bigotillo recortado eran calificados así) que levantaron el puño de la libertad creando o resucitando organizaciones como USO, CNT, Comisiones o UGT. Militantes de base del PSOE, PCE, PTE, PSA-PSP... que alzaron el brazo para exigir derechos. Curas obreros que colgaron la sotana más retrógrada del nacional catolicismo. Estudiantes henchidos de hormonas de libertad al amparo del Che, Raimon o la Joven Guardia Roja. Desconocidos vecinos de bloque que, por fin, un día levantaron la cabeza... Hoy es fácil entrar en política, militar en cualquier formación, expresarse libremente en los medios de comunicación, en la calle. Incluso, cualquiera que se lo proponga, sin convicciones políticas previas, puede llegar a ser concejal, alcalde o diputado. Pero entonces, todo estaba por conseguir. La lucha era por la Libertad, con mayúsculas.

Ahora, que en España la política se escribe con renglones torcidos, fruto de la más vergonzosa crispación, pienso en esos artífices de la democracia que salieron del pueblo y volvieron a él con la satisfacción del deber cumplido. Muchos quedaron en el camino. Otros siguen aquí, paseando sin prisa por la calle Larga y respirando hondo un aire de libertad que ellos, en parte, ayudaron a conseguir. Una libertad que hoy se está pervirtiendo por las ansias de poder de algunos tecnócratas y trepas sin escrúpulos que ascienden por la pirámide de la política ansiando despachos y sillones prestados a los que se aferran como un clavo ardiendo.